La ética agustiniana, aunque inspirada directamente por los ideales morales del cristianismo, aceptará elementos procedentes del platonismo y del estoicismo. Así, compartirá con ellos la conquista de la felicidad como el objetivo o fin último de la conducta humana; este fin será inalcanzable en esta vida, dado el carácter trascendente de la naturaleza humana, dotada de un alma inmortal, por lo que sólo podrá ser alcanzado mediante el amor que impulsa al hombre hacia Dios.
Los principales temas morales de San Agustín son la libertad y el mal.
La libertad es una de las características con las que Dios ha creado al hombre, que de esta forma puede elegir entre el bien y el mal. Dios sabe con antelación cual va a ser el resultado de la vida de cada ser humano, pero respeta las decisiones de los hombres.
El libre albedrío es la capacidad de decidir pero teniendo en cuenta que, desde el pecado original, está orientada al mal. El hombre solo puede vencer esta orientación al mal con el auxilio de la gracia que le otorgan los sacramentos.
Para San Agustín el mal no es una forma de ser, sino su privación; no es algo positivo, sino negativo: carencia de ser, no-ser. Todo lo creado es bueno, ya que el ser y el bien se identifican. Con ello supera su inicial identificación con el maniqueísmo, para el que el bien y el mal son principios absolutos concebidos como entidades en pie de igualdad, y cuya lucha eterna dinamizaría el universo, algo que rechazaba en base a su fe en un Dios perfecto y bondadoso, que quiere que el hombre acepte y siga el bien que su Providencia dicta, pero que respeta la libertad humana de rechazar su plan.
Es justamente la necesidad de una alternativa al bien que el hombre puede libremente elegir lo que exige la existencia de un mal moral, del que aquél es el único responsable.
miércoles, 3 de noviembre de 2021
EL PROBLEMA DE DIOS EN SAN AGUSTÍN
El tema que más ocupa a San Agustín es el tema de Dios.
Para Agustín de Hipona la auténtica prueba de la existencia de Dios parte de las ideas. Dado que descubrimos en nuestra alma verdades inmutables a pesar de nuestra mutabilidad, éstas deben provenir de un Ser que sea inmutable y este Ser es Dios.
Así pues, la búsqueda de la verdad en el interior de nuestra alma, nos conduce a Dios pero eso no significa que podamos conocer su naturaleza. Ésta es infinita y nuestra alma, finita. Solo podemos acercarnos a su conocimiento negando las cualidades humanas que son limitadas. Por ejemplo, si sabemos que los seres creados son mutables, deberemos concluir que Dios es inmutable: “Solo aquel que no cambia ni puede cambiar es verdaderamente el Ser”.
Dios ha creado todos los seres mutables y lo ha hecho de la nada. Así pues Dios es absolutamente trascendente, es decir, no forma parte del mundo creado. No obstante las esencias de todas las cosas se encontraban en la mente de Dios como ejemplares o modelos de las cosas. Este es el llamado “ejemplarismo divino”, que se complementa con la teoría de las “razones germinales”: En el momento de la creación Dios depositó en la materia una especie de semillas, las razones seminales, que dadas las circunstancias necesarias germinarían dando lugar a la aparición de nuevos seres que se irían desarrollando con posterioridad.
En el acto de la creación Dios crea, pues, unos seres en acto y otros en potencia, como razones seminales, por lo que todos los seres naturales habrían sido creados desde el principio del mundo, aunque no todos existirían en acto desde el principio.
Para Agustín de Hipona la auténtica prueba de la existencia de Dios parte de las ideas. Dado que descubrimos en nuestra alma verdades inmutables a pesar de nuestra mutabilidad, éstas deben provenir de un Ser que sea inmutable y este Ser es Dios.
Así pues, la búsqueda de la verdad en el interior de nuestra alma, nos conduce a Dios pero eso no significa que podamos conocer su naturaleza. Ésta es infinita y nuestra alma, finita. Solo podemos acercarnos a su conocimiento negando las cualidades humanas que son limitadas. Por ejemplo, si sabemos que los seres creados son mutables, deberemos concluir que Dios es inmutable: “Solo aquel que no cambia ni puede cambiar es verdaderamente el Ser”.
Dios ha creado todos los seres mutables y lo ha hecho de la nada. Así pues Dios es absolutamente trascendente, es decir, no forma parte del mundo creado. No obstante las esencias de todas las cosas se encontraban en la mente de Dios como ejemplares o modelos de las cosas. Este es el llamado “ejemplarismo divino”, que se complementa con la teoría de las “razones germinales”: En el momento de la creación Dios depositó en la materia una especie de semillas, las razones seminales, que dadas las circunstancias necesarias germinarían dando lugar a la aparición de nuevos seres que se irían desarrollando con posterioridad.
En el acto de la creación Dios crea, pues, unos seres en acto y otros en potencia, como razones seminales, por lo que todos los seres naturales habrían sido creados desde el principio del mundo, aunque no todos existirían en acto desde el principio.
EL PROBLEMA DE LA SOCIEDAD EN SAN AGUSTÍN
San Agustín es, de alguna manera, el padre de la moderna filosofía de la historia, al concebir ésta como un avance constante hacia la manifestación plena de Dios al final de los tiempos. Clausura, de esta manera, la concepción griega de un tiempo cíclico que se repite a sí mismo, posibilitando la moderna noción de progreso. Expone dicha doctrina en su obra "La ciudad de Dios".
San Agustín pretende encontrar a la Historia un sentido cristiano. La perspectiva que utiliza a la hora de analizar la historia es de tipo moral. De esta forma, distingue dos categorías de hombres: los que se quieren a sí mismos hasta despreciar a Dios y los que aman a Dios hasta el desprecio de sí mismos. Los primeros constituyen la ciudad terrena y los segundos la ciudad de Dios.
Aunque una interpretación apresurada nos podría llevar a identificar la ciudad terrena con el Estado y la ciudad de Dios con la Iglesia, no es este el sentido que tiene esta distinción. Las dos ciudades se encuentran entremezcladas y la separación de las dos clases de hombres solo tendrá lugar al final de la Historia.
En cualquier caso lo que sí parece claro es que San Agustín cree que un Estado solo alcanzará la justicia cuando esté inspirado en las directrices cristianas. Esta idea se podría entender como la defensa de la primacía de la Iglesia sobre el Estado. La Iglesia ha de conformar moralmente al Estado, ya que, al estar inspirada en las verdades y principios del cristianismo, es la única sociedad perfecta. Esta interpretación fue la que presidio las relaciones Iglesia- Estado a lo largo de toda la Edad Media.
San Agustín pretende encontrar a la Historia un sentido cristiano. La perspectiva que utiliza a la hora de analizar la historia es de tipo moral. De esta forma, distingue dos categorías de hombres: los que se quieren a sí mismos hasta despreciar a Dios y los que aman a Dios hasta el desprecio de sí mismos. Los primeros constituyen la ciudad terrena y los segundos la ciudad de Dios.
Aunque una interpretación apresurada nos podría llevar a identificar la ciudad terrena con el Estado y la ciudad de Dios con la Iglesia, no es este el sentido que tiene esta distinción. Las dos ciudades se encuentran entremezcladas y la separación de las dos clases de hombres solo tendrá lugar al final de la Historia.
En cualquier caso lo que sí parece claro es que San Agustín cree que un Estado solo alcanzará la justicia cuando esté inspirado en las directrices cristianas. Esta idea se podría entender como la defensa de la primacía de la Iglesia sobre el Estado. La Iglesia ha de conformar moralmente al Estado, ya que, al estar inspirada en las verdades y principios del cristianismo, es la única sociedad perfecta. Esta interpretación fue la que presidio las relaciones Iglesia- Estado a lo largo de toda la Edad Media.
EL PROBLEMA DEL HOMBRE EN SAN AGUSTÍN
La antropología agustiniana es de raíz platónica aunque con matices diferentes. Como en Platón, el hombre está compuesto por dos sustancias distintas, una espiritual y otra material. Sin embargo, San Agustín desea hacer hincapié en la espiritualidad humana, por lo que define al hombre como “un alma racional que se sirve de un cuerpo mortal”. No recoge tampoco la minusvaloración platónica del cuerpo, que, como obra creada por Dios, goza de majestad y dignidad. En la teología patrística, y de acuerdo con la doctrina de San Pablo, el cuerpo es "templo del Espíritu Santo".
Respecto a las capacidades cognoscitivas del alma San Agustín distingue entre lo que llama razón inferior y la razón superior. La razón inferior tiene como objeto la ciencia, es decir, el conocimiento de las realidades sensibles y sujetas a cambios. Por su parte, la razón superior tiene como objeto la sabiduría, el conocimiento de lo inteligible, de las ideas con el fin de elevarse a Dios. Esta razón, precisa de la iluminación divina.
Sin embargo, en contraposición con la doctrina platónica, San Agustín niega la teoría de la transmigración de las almas y de su preexistencia antes de habitar un cuerpo, ya que las exigencias del cristianismo lo impiden. Por eso, resuelve el problema de la transmisión del pecado original por medio del traduccionismo, doctrina según la cual las almas de los hijos provienen de las de los padres.
Para San Agustín, la voluntad tiende necesariamente a la felicidad, que es Dios. Sin embargo, puesto que el hombre es libre de elegir entre el bien y el mal, en ocasiones se engaña con los bienes mutables en lugar de tender al único bien inmutable, y se aleja del único objeto que produce verdadera felicidad.
Agustín de Hipona afirma que el mal no es nada real sino la ausencia del bien. Al no ser algo positivo no puede ser atribuido a Dios ni a una causa o principio del mal. El mal es una carencia, y por tanto no posee entidad alguna.
Respecto a las capacidades cognoscitivas del alma San Agustín distingue entre lo que llama razón inferior y la razón superior. La razón inferior tiene como objeto la ciencia, es decir, el conocimiento de las realidades sensibles y sujetas a cambios. Por su parte, la razón superior tiene como objeto la sabiduría, el conocimiento de lo inteligible, de las ideas con el fin de elevarse a Dios. Esta razón, precisa de la iluminación divina.
Sin embargo, en contraposición con la doctrina platónica, San Agustín niega la teoría de la transmigración de las almas y de su preexistencia antes de habitar un cuerpo, ya que las exigencias del cristianismo lo impiden. Por eso, resuelve el problema de la transmisión del pecado original por medio del traduccionismo, doctrina según la cual las almas de los hijos provienen de las de los padres.
Para San Agustín, la voluntad tiende necesariamente a la felicidad, que es Dios. Sin embargo, puesto que el hombre es libre de elegir entre el bien y el mal, en ocasiones se engaña con los bienes mutables en lugar de tender al único bien inmutable, y se aleja del único objeto que produce verdadera felicidad.
Agustín de Hipona afirma que el mal no es nada real sino la ausencia del bien. Al no ser algo positivo no puede ser atribuido a Dios ni a una causa o principio del mal. El mal es una carencia, y por tanto no posee entidad alguna.
EL CONOCIMIENTO EN SAN AGUSTÍN
La teoría del conocimiento de Agustín de Hipona discurre por cauces heredados de Platón, pero cuenta además con la incorporación de la doctrina de la revelación cristiana. San Agustín considera que tanto la razón como la fe tienen como finalidad el esclarecimiento de la verdad ("Creo para entender, entiendo para creer").
El hombre es concebido como un alma que opera a través de lo corporal y posee dos grados de conocimiento: la sensación, que nos presenta los objetos físicos y materiales, y la intelección, por la cual el alma aprehende las verdades necesarias e inmutables (las ideas platónicas) que halla en sí.
No obstante la mera razón humana (“razón inferior”) no puede traspasar ciertos límites, por lo que necesita la ayuda divina para así cumplir con su cometido y transformarse en una “razón superior” de mayor alcance.
Dios es la fuente de todos los conocimientos universales, por lo que su acción en el alma posibilita que ésta lo encuentre en sí misma: “Si no creéis no comprenderéis.” El camino hacia ese descubrimiento es la introspección o mirada interior: “No vayas fuera de ti, en el interior del hombre habita la verdad”.
Su pensamiento, síntesis del platonismo y el cristianismo, identifica las ideas de Platón con los contenidos eternos de la mente divina, los patrones o arquetipos de acuerdo con los cuales Dios creó el mundo de la nada.
Al crear la materia Dios puso en ella un reflejo de las ideas en forma de “razones seminales”, en las cuales se hallan inscritas las posibilidades de todo lo existente. Entre las realidades creadas, el alma humana, sustancia activa de naturaleza espiritual, goza de la posibilidad otorgada por Dios en forma de “iluminación”, de acceder al conocimiento de las ideas universales o esencias de las cosas. Es Dios quien las alumbra en nosotros, dándonos así una especie de visión superior, divina, de todo cuanto nos rodea.
El hombre es concebido como un alma que opera a través de lo corporal y posee dos grados de conocimiento: la sensación, que nos presenta los objetos físicos y materiales, y la intelección, por la cual el alma aprehende las verdades necesarias e inmutables (las ideas platónicas) que halla en sí.
No obstante la mera razón humana (“razón inferior”) no puede traspasar ciertos límites, por lo que necesita la ayuda divina para así cumplir con su cometido y transformarse en una “razón superior” de mayor alcance.
Dios es la fuente de todos los conocimientos universales, por lo que su acción en el alma posibilita que ésta lo encuentre en sí misma: “Si no creéis no comprenderéis.” El camino hacia ese descubrimiento es la introspección o mirada interior: “No vayas fuera de ti, en el interior del hombre habita la verdad”.
Su pensamiento, síntesis del platonismo y el cristianismo, identifica las ideas de Platón con los contenidos eternos de la mente divina, los patrones o arquetipos de acuerdo con los cuales Dios creó el mundo de la nada.
Al crear la materia Dios puso en ella un reflejo de las ideas en forma de “razones seminales”, en las cuales se hallan inscritas las posibilidades de todo lo existente. Entre las realidades creadas, el alma humana, sustancia activa de naturaleza espiritual, goza de la posibilidad otorgada por Dios en forma de “iluminación”, de acceder al conocimiento de las ideas universales o esencias de las cosas. Es Dios quien las alumbra en nosotros, dándonos así una especie de visión superior, divina, de todo cuanto nos rodea.
VIDA DE SAN AGUSTÍN DE HIPONA
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