martes, 10 de junio de 2025

SOLUCIONARIO EXAMEN PAU JUNIO DE 2025

TEXTO A 

«Evodio: Concedo que Dios ha dado al hombre la libertad. Pero dime: ¿no te parece que, habiéndonos sido dada para poder obrar bien, no debería tener la posibilidad de pecar? [...] Nadie podría servirse de la voluntad para pecar si ésta le hubiera sido dada para obrar bien. 

Agustín: [...] Pero deseo que me respondas a esta pregunta: ya que tienes por cierta y conocida la respuesta a mi primera demanda, a saber, que Dios nos ha dado una voluntad libre ¿debemos decir que Dios no hubiera debido darnos una cosa que confesamos haber recibido de Él? Si no es seguro que Él nos la haya dado, tenemos razón al preguntar si nos ha sido bien dada; cuando hayamos encontrado que nos ha sido bien dada encontraremos, por ello, que nos ha sido dada por Él, por quien le han sido dados todos los bienes a los hombres. Por el contrario, si encontramos que no ha sido bien dada comprenderemos que no es Él quien nos la ha dado, pues sería ilícito acusarlo de eso. Por otra parte, si es cierto que Él nos la ha dado nos veremos obligados a confesar, sea cual sea el modo en que la hayamos recibido, que, independientemente de cómo haya sido dada, debía ser otorgada y no de otro modo que como fue dada. La ha dado un ser cuya obra es absolutamente imposible de reprochar». 

SAN AGUSTÍN, Del libre arbitrio, II-4 

TEXTO B 

«Labor y trabajo, así como la acción, están también enraizados en la natalidad, ya que tienen la misión de proporcionar y preservar –prever y contar con– el constante aflujo de nuevos llegados que nacen en el mundo como extraños. Sin embargo, de las tres, la acción mantiene la más estrecha relación con la condición humana de la natalidad; el nuevo comienzo inherente al nacimiento se deja sentir en el mundo sólo porque el recién llegado posee la capacidad de empezar algo nuevo, es decir, de actuar. En este sentido de iniciativa, un elemento de acción, y por lo tanto de natalidad, es inherente a todas las actividades humanas. Más aún, ya que la acción es la actividad política por excelencia, la natalidad, y no la mortalidad, puede ser la categoría central del pensamiento político diferenciado del metafísico». 

H. ARENDT, La condición humana, cap. 1 


RESPUESTA TEXTO SAN AGUSTÍN:

En el texto que se nos presenta, Agustín de Hipona (354 - 430), filósofo norteafricano considerado el máximo representante de la Patrística, que difunde el dogma cristiano bajo las categorías filosóficas platónicas, aborda el problema de la libertad, don divino que considera inobjetable en su modo de haber sido otorgado, puesto que lo "ha dado un ser cuya obra es absolutamente imposible de reprochar" (líneas 13 - 14).

El fragmento muestra en su misma estructura la herencia platónica que recoge Agustín, al estar planteado como un diálogo, en el que Evodio, interlocutor del autor, cuestiona si el libre albedrío humano debió ser dado del modo en que Dios nos lo otorgó, puesto que ese hecho permite al hombre pecar: "¿No te parece que, habiéndonos sido dada (la libertad) para poder obrar bien, no debería tener la posibilidad de pecar?" (líneas 1- 2). 

San Agustín responde apoyándose en dos argumentos: 

1º) Desde una perspectiva positiva, si nuestra libertad nos ha sido bien dada, es decir, nos sirve para poder elegir entre lo bueno y lo malo, es porque es Dios quien nos la ha concedido, ya que un ser del que solo puede emanar lo perfecto y bueno para nosotros, no podría nacer algo que contradijese tal principio: "... cuando hayamos encontrado que nos ha sido bien dada encontraremos, por ello, que nos ha sido dada por Él, por quien le han sido dados todos los bienes a los hombres" (líneas 7 - 9). 

2º) Desde una perspectiva negativa, si no reconocemos como buena esa libertad, es porque no parte de Él: "si encontramos que no ha sido bien dada comprenderemos que no es Él quien nos la ha dado, pues sería ilícito acusarlo de eso" (líneas 9 - 10).

En definitiva, Dios nos da la libertad de elegir entre pecar o no pecar, ya que, si no lo hubiera hecho, estaríamos predestinados a obrar bien y no podríamos optar por ninguna otra alternativa, lo que nos convertiría en una suerte de autómatas carentes de autonomía moral, "programados" para actuar al dictado de motivaciones ajenas, lo que anularía la dignidad que otorga al hombre la libertad. Este don solo puede provenir de Él. Si nos percatamos de que así es, no queda otro remedio que admitir que nuestro libre arbitrio es el adecuado porque surge de Dios: "... si es cierto que Él nos la ha dado, nos veremos obligados a confesar, sea cual sea el modo en que la hayamos recibido, que, independientemente de cómo haya sido dada, debía ser otorgada y no de otro modo que como fue dada" (líneas 11 - 13).

No cabe reproche a una libertad que procede de Dios, quien, siendo irreprochable en sus acciones, nos la otorgó del modo más justo y provechoso.

El texto está teñido de un optimismo antropológico que contrasta con el pensamiento de aquellos autores para los que la libertad es un espejismo, un autoengaño o algo irrelevante. Así, Spinoza niega que exista otra libertad que la conciencia de la necesidad que nos obliga a obrar en un único sentido, siendo nuestra ignorancia lo que nos permite creer en la ficción de ser libres. La remisión que hace Freud de la motivación humana a pulsiones inconscientes, y no a postulados racionales y autoconscientes, se sitúa también esta línea de negación de la libertad. Finalmente, para Karl Marx la libertad no es tanto un hecho individual, como es en San Agustín, como una aspiración social que se realiza como un proceso de liberación de la opresión, que culmina en una sociedad comunista más cercana a la ciudad terrenal de la filosofía de la historia de San Agustín que a la "ciudad de Dios" por la que apuesta decididamente.


RESPUESTA TEXTO HANNAH ARENDT:

En el presente texto, Hannah Arendt, pensadora política judía (1906 - 1975) nacida en Alemania y nacionalizada estadounidense, formula un principio antropológico central en su pensamiento: el ser humano es, de forma congénita, un ser actuante, un ser capacitado para la acción: "... un elemento de acción, por lo tanto de natalidad, es inherente a todas las actividades humanas" (líneas 6 - 7).

Tal consideración se sitúa en el marco de su distinción entre labor, trabajo y acción como actividades fundamentales de la existencia humana (línea 1). La labor es ocupación vital; el trabajo, como medio de satisfacer necesidades, arraigo en la mundanidad; y la acción, que es la que en última instancia nos define, concreta qué queremos hacer, lo que conlleva quienes queremos ser. La acción es una forma de estar en el mundo que compartimos con otros, lo que nos remite a la vida en común y a la acción política.

Dado que "estar en el mundo" es una categoría central en el pensamiento de Hannah Arendt, hay una conexión con el nacimiento, "constante aflujo de nuevos llegados que nacen en el mundo como extraños" (líneas 2 - 3). El nacimiento es la condición previa del ser actuante, una premisa de toda acción humana: "... de las tres, la acción mantiene la más estrecha relación con la condición humana de la natalidad." (líneas 3 - 4). Todo nacimiento es un "nuevo comienzo" (línea 4), una incorporación de un ser lleno de posibilidades a desplegar y rendir frutos, una inserción en lo vital en la línea de lo que cantó Bob Dylan en "It´s alright, Ma": "Aquél que no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo", o en ese autorretrato que Pablo Neruda tituló "Para nacer he nacido".

El texto concluye afirmando que "la natalidad, y no la mortalidad" puede ser la categoría central del pensamiento político diferenciado del metafísico" (líneas 7 - 8), una rotunda refutación de la antropología de su maestro Heidegger, quien consideraba que el hombre es un "ser para la muerte". Frente al inevitable cierre de la vida que el existencialismo heideggeriano subraya, es su apertura lo que Arendt pone en primer plano de su pensamiento, en un gesto que alinea con el optimismo antropológico de quienes, como Spinoza, afirman que "en nada piensa el filósofo menos que en la muerte".

viernes, 2 de mayo de 2025

MODELO DE RESPUESTA DEL EXAMEN DE HISTORIA DE LA FILOSOFÍA DEL 30 DE ABRIL, 2º BTO. "A"


INSTRUCCIONES GENERALES Y CALIFICACIÓN

Después de leer atentamente el examen, responda de la siguiente forma:

· Elija un texto entre A y B y responda a las preguntas que se le plantean abajo correspondientes al bloque 1

· Responda a una de las dos preguntas (A o B) del bloque 2 y del bloque 3


TEXTO  A:

La conciencia de la necesidad de entablar relaciones con los individuos circundantes es el comienzo de la conciencia de que el hombre vive, en general, dentro de una sociedad. Este comienzo es algo tan animal como la propia vida social en esta fase: es simplemente, una conciencia gregaria y, en este punto, el hombre sólo se distingue del carnero por cuanto su conciencia sustituye al instinto o es el suyo un instinto consciente. Esta conciencia gregaria o tribual se desarrolla y perfecciona después, al aumentar la producción, al acrecentarse las necesidades y al multiplicarse la población, que es el factor sobre que descansan los dos anteriores. De este modo se desarrolla la división del trabajo (...) Con la división del trabajo, que lleva implícitas todas estas contradicciones y que descansa, a su vez, sobre la división natural del trabajo en el seno de la familia y en la división de la sociedad en diversas familias contrapuestas, se da, al mismo tiempo, la distribución y, concretamente, la distribución desigual, tanto cuantitativa como cualitativamente, del trabajo y de sus productos; es decir, la propiedad.

(Karl Marx: La ideología alemana, Introducción)

 

TEXTO B:

En cuanto a esta actitud, “el hombre contra el mundo”, el hombre como principio “negador del mundo”, el hombre como medida de valor de las cosas, como juez del universo que llega a poner la vida misma en el platillo de su balanza y la calcula demasiado liviana; pues bien, hemos tomado conciencia del prodigioso mal gusto que supone toda esta actitud y nos repugna. Por eso nos reímos en cuanto vemos al “hombre y al mundo”, puestos uno al lado del otro, separados por la sublime pretensión de la partícula “y”. Pero, ¿qué sucede? Al reírnos, ¿no habremos dado un paso de más en el desprecio del hombre y, por consiguiente, también en el pesimismo, en el desprecio de la existencia que nos es cognoscible? ¿No habríamos caído por ello mismo en la sospecha de una contradicción, de la contradicción entre este mundo donde hasta ahora teníamos la sensación de estar en casa con nuestras veneraciones – veneraciones en virtud de las cuales tal vez soportábamos la vida–, y un mundo que no es otro que nosotros mismos? Habríamos caído, así, en la sospecha inexorable, extrema, definitiva respecto a nosotros mismos; sospecha que ejerce de forma cada vez más cruel su dominio sobre los europeos y que podría fácilmente poner a las generaciones futuras ante esta espantosa alternativa: “¡O suprimen sus veneraciones, o se suprimen ustedes mismos!”

(Friedrich Nietzsche: La gaya ciencia, libro 5º, 346)


CUESTIONES:

1: Sobre el texto elegido (5 puntos)

1.- Identifique la tesis principal defendida en el texto propuesto.
2.- Mediante un pequeño texto justificativo ponga en diálogo con algún otro autor, autora o corriente filosófica perteneciente a la misma o a diferente época la cuestión discutida en el texto.

2: Responda solamente a una de las dos preguntas que se le plantean a continuación (2,5 puntos)

A: Exponga el problema de Dios en un autor, autora o corriente filosófica de la época medieval.

B: Exponga el problema del conocimiento en un autor, autora o corriente filosófica de la época antigua

3: Responda solamente a una de las dos preguntas que se le plantean a continuación (2,5 puntos)

A: Exponga el problema de la ética en un autor, autora o corriente filosófica de la época moderna.

B: Exponga el problema del hombre en un autor, autora o corriente filosófica de la época contemporánea.


Respuesta cuestión 1, Texto A

1.- Karl Marx, filósofo alemán (1818 - 1882) cuyo pensamiento dialéctico de raíz hegeliana es conocido como "materialismo histórico", afirma en este texto que la división del trabajo es la raíz de la desigualdad: “Con la división del trabajo … se da … la distribución desigual … del trabajo y de sus productos” (líneas 8 - 11).

La tesis de Marx parte de una consideración de orden antropológico: el hombre es un ser social. Esa sociabilidad es inevitable, connatural a nuestra condición, y genera una de las formas más inmediatas de conciencia, de representación de nuestra propia situación: “La conciencia de la necesidad de entablar relaciones … es el comienzo de la conciencia de que el hombre vive … dentro de una sociedad” (líneas 1 - 2). Marx califica esta sociabilidad de “animal” (línea 3), vinculándola a lo biológico presente en nosotros. No obstante, puntualiza que la sociabilidad es en el animal un mero componente de su instinto, mientras que en nosotros es algo explícito: “… el hombre sólo se distingue del carnero por cuanto su conciencia sustituye al instinto, o es el suyo un instinto consciente” (líneas 4 - 5).

Con el aumento del número de integrantes y de la complejidad de las sociedades humanas esta conciencia se acrecienta: “Esta conciencia gregaria o tribal se desarrolla y perfecciona después, al aumentar la producción, al acrecentarse las necesidades y al multiplicarse la población …” (líneas 5 - 7). La consecuencia de ese proceso de progresiva complejidad, tanto de nuestras necesidades como de nuestras relaciones, es la división del trabajo (línea 8).

La división del trabajo es fuente de desigualdad. Genera inevitablemente contraposiciones de intereses que se plasman en tensiones, luchas y oposiciones. No todos satisfarán por igual sus necesidades y la abundancia de unos conllevará la precariedad de otros. Esta desigualdad se manifiesta, primariamente, en la propiedad: “… la distribución desigual … del trabajo y sus productores (se manifiesta en) … la propiedad” (líneas 10 - 11).

2.- La conclusión del fragmento propuesto nos recuerda el postulado de Rousseau que defiende que la propiedad privada es el origen de los males sociales, tesis que hará suyo todo ese socialismo ingenuo y bienintencionado (Proudhon, Saint Simon, Fourier, ...) que Marx calificará de “utópico”, oponiéndole el carácter “científico” con que presenta su pensamiento materialista, adjetivo que justificaría el haber descubierto las leyes deterministas que rigen el devenir histórico.

Por otra parte, el conflicto social entre los agentes sociales es pensado por Marx como irresoluble, lo que conduce a la revolución proletaria, la "lucha final" que exalta la letra de la Internacional, síntesis dialéctica de la lucha de clases. Frente a este enfoque extremo, Rousseau se muestra mucho menos radical, al tematizar un "contrato social" como pacto que armonice los intereses de todos los individuos sometiéndolos a una voluntad general libremente aceptada, que representa los intereses comunes dejando de lado los particulares.

Rousseau concibe el Estado como libre asociación que gestiona la voluntad común de los ciudadanos, reelaborando la teoría contractualista a la que ya habían apuntado las investigaciones de Hobbes y Locke en el mundo anglosajón: el Estado nace de un pacto de asociación (no de sumisión) entre iguales, basado en una “voluntad general” donde todos ganan, una visión conciliadora e ideal que Marx rechazaría por ingenua. El Estado, en la teoría marxista, es una instancia opresora instrumentalizada por la clase capitalista, fuente de alienación y que la sociedad sin clases surgida de la revolución proletaria eliminará, al ser ya innecesario.


Respuesta cuestión 1, Texto B

1.- Nietzsche, filósofo alemán (1844 -1900) irracionalista y vitalista, presenta en este párrafo una crítica implacable a la condición del hombre como “animal que venera”, como ser que contrapone su propia realidad a la de un mundo del que foma parte, pero respecto al cual pretende erigirse en contrario. El hombre, en la medida en que se autoexcluye de la vida, pretende erigirse en amo y juez de la misma, lo que no puede sino conducirle a su autoaniquilación: negar la vida es negar nuestra única realidad; el desprecio de la existencia es el desprecio de lo que nos constituye, por lo que solo cabe al filósofo ponernos ante la absurda y potencialmente suicida disyuntiva que occidente ha construído: “¡O suprimen sus veneraciones, o se suprimen ustedes mismos!” (líneas 15 - 16).

El ser humano, “medida del valor de las cosas” (línea 2) como quería Protágoras, no es solo un ser que ha sobreestimado su propio valor, sino que desvalorizado una realidad de la que interesadamente se excluye, convirtiéndose en “negador del mundo” (líneas 1 - 2), enemigo del único espacio-tiempo que puede habitar, juez cuya sentencia condena una vida que considera “demasiado liviana” (línea 3). Esta condena no puede sino provocar rechazo en un espíritu libre: “… hemos tomado conciencia del prodigioso mal gusto que supone toda esta actitud, y nos repugna” (líneas 4 - 5).

La ficticia separación entre hombre y mundo -sobre la que Nietzsche ironiza al considerar la inmensa carga semántica depositada sobre la conjunción “y” (línea 6)- es ridícula en su pretenciosidad. Pero, a la vez, su refutación puede conducir, por un camino opuesto al denunciado -pero igual de implacable-, a la desvalorización del hombre. “¿No habríamos caído por ello mismo en la sospecha de una contradicción, de la contradicción entre este mundo donde hasta ahora teníamos la sensación de estar en casa con nuestras veneraciones …, y un mundo que no es otro que nosotros mismos?” (líneas 9 - 12). El hombre, tanto si niega la realidad, transfigurándola mediante sus creencias -esas “veneraciones en virtud de las cuales soportábamos la vida” (líneas 11 - 12)-, como si secunda sus impulsos escépticos, acaba por parecer risible, pero con una risa que al final se nos hiela: aumentar -ficticiamente- nuestro valor a costa del mundo, o aumentar el valor del mundo a costa de minusvalorarnos son dos modos de proceder que, al final, nos abocan a idéntico pesimismo.

2.- Nietzsche diagnostica con su tesis sobre "la muerte de Dios" la caducidad de un modo de concebir la realidad que en el pasado ha supuesto la alienación del ser humano, reducido a la triste condición de bestia de carga que lleva sobre sí el peso de los valores supuestamente "más grandes que la vida". En su punto de mira está el pensamiento judeocristiano, que puede representar Agustín de Hipona (354 - 430), máximo representante de la Patrística y conspicuo ejemplo de ese carácter de "platonismo para el pueblo" que Nietzsche achaca al cristianismo: en vez de instalar al hombre en su realidad inmanente, el cristianismo pone su valor en un mundo trascendente que constituye su máxima aspiración. Ese mundo paralelo, esa evasiva "ilusión óptico-moral" desarraiga al sujeto de su mundo propio y le impide vivir plenamente. 

Así, Dios es pensado como una realidad infinita y eterna ajena a las limitaciones humanas, cumpliéndose el dictamen nitzscheano que recrimina a la filosofía y religión tradicionales el pensar mediante abstracciones y negar la realidad transformadora del tiempo, frente a la cual la afirmación de cualquier entidad "atemporal" le parece un sinsentido. 

Frente a la concepción trascendente de la realidad que propone Agustín, Nietzsche reclama la inmanencia de la existencia terrenal, espacio-temporal, como única realidad.

CUESTIÓN 2, Respuesta opción A:

Tomás de Aquino (1225 - 1274), filósofo y teólogo dominico italiano, máximo respresentante de la Escolástica, que volvió a poner en boga el pensamiento de Aristóteles en occidente, presenta una noción de Dios como instancia explicativa del mundo y del orden que constatamos empíricamente en él. Dios es el creador, la Causa Primera, puesto que todo lo que existe ha sido creado por él y es él el que mantiene su existencia. Es un ser necesario, eterno e inmutable, que lo conoce y lo puede todo. Representa la perfección absoluta y es autosuficiente: no depende, en ningún caso de la Creación, sino que toda la Creación es la imagen de Dios. En la Creación aparecen movimientos o cambios, que proporcionan a los entes la capacidad de perfeccionarse, adquiriendo o perdiendo propiedades. Estos cambios pueden ser sustanciales (afectan a las características esenciales) o accidentales (no afectan a las características esenciales).

Sto. Tomás afirma que es posible la demostración de la existencia de Dios a través de la experiencia sensible, a posteriori. Para ello, se pueden escoger dos caminos: uno negativo, que trata de la exclusión de aquello que no se le puede atribuir (Teología negativa); o uno afirmativo, que consiste en atribuir a Dios las características positivas del hombre.

Para llegar a conocer la existencia de Dios tenemos que recurrir a unas pruebas racionales llamadas Vías, que son argumentos cosmológicos puesto que parten del mundo sensible y van hacia Dios. Son demostraciones a posteriori.

Todas las vías tienen un esquema argumentativo similar:

- El punto de partida es un dato real de experiencia sensible del mundo físico, el efecto.

- En un segundo momento, se aplica el principio de Causalidad (todo efecto tiene una causa y esta debe tener tanta realidad o más que el efecto para producirlo).

- En el tercer momento se niega la posibilidad de que estas causas lleguen al infinito.

- Por último, se concluye en la necesidad de la existencia de un ser supremo.

Las cinco vías son:

1. Vía del movimiento. Parte de la observación de la existencia de movimiento y termina afirmando la existencia de Dios como Motor Inmóvil.

2. Vía de la causalidad. Parte de la existencia de causas en el mundo y concluye en la existencia de una Causa Incausada.

3. Vía de la contingencia. Parte de la contingencia del mundo para llegar a la existencia de un ser Necesario.

4. Vía de los grados de perfección. Parte de la existencia de diferentes grados de perfección en las cosas de este mundo y termina proponiendo la existencia de un ser perfectísimo como causa última.

5. Vía teleológica o finalista. Desde el orden del mundo (todos los seres, incluso los irracionales, actúan por un fin) hasta la inteligencia suprema ordenadora.

Según Sto. Tomás, conocemos las características divinas mediante la analogía: el hombre es análogo a Dios, semejante, pero en distinta proporción.


CUESTIÓN 3: Respuesta opción B

“El hombre es algo que debe ser superado”, proclama el Zaratustra de Nietzsche. El hombre es ese ser que, asustado ante el torbellino de su propia vida (abocada a ser una continua superación de sí mismo), necesitó acudir a "otros mundos", y, por encima de todo, a Dios , y condenar este mundo como apariencia y tristeza, que necesitó la guía de un ser divino para que le dijera lo que estaba bien y mal y lo que tenía que hacer en la vida. El hombre ha acabado por ser pura renuncia, pura negación de sí mismo y de su vitalidad, pura neurosis que se niega a admitir su deseo.

No siempre fue así, pues en la Grecia pre-socrática los hombres habían expresado la realidad de la existencia a través de la creación estética, articulada por medio de la oposición entre lo dionisíaco (lo desbordante e indiferenciado), y lo apolíneo (la medida y el orden), cuya unificación se daba en la tragedia. Esas dos categorías estéticas se personifican en el hombre intuitivo, “héroe desbordante de alegría”, y en el hombre racional, abocado a la desdicha.

Ese segundo tipo de hombre es el que aparece con el socratismo, con su predominio de lo conceptual y lo intelectual, que encubren un rechazo de la vida que la filosofía de Platón consagra al postular un mundo ilusorio -que califica de “mundo verdadero”- frente al mundo empírico.

El hombre tiene que ser superado, y lo será por el superhombre. Todos nosotros estamos en camino de ello, no somos más que "un puente hacia el superhombre".

El superhombre es el sucesor del hombre, cuyas limitaciones morales supera, renunciando a sueños e ilusiones ultraterrenas para afirmar “el sentido de la tierra”. Sabe que su vida es lo único que tiene en el mundo, y está dispuesto a vivirla por sí misma, sin necesidad de que tenga sentido. No necesita recurrir a instancias superiores que le orienten y le encaucen la vida, le diferencien el bien del mal (moral cristiana), lo verdadero de lo falso (ciencia) ni lo real de lo aparente (metafísica), sino que está dispuesto a enfrentarse a su propia vida cara a cara, y sin pedir explicaciones a nada ni a nadie. El superhombre vive en un mundo libre como nunca lo conoció la cultura de Occidente: un mundo donde se ha restaurado la inocencia del devenir, y que está, por tanto, más allá del bien y del mal.

MODELO DE RESPUESTA DEL EXAMEN DE HISTORIA DE LA FILOSOFÍA DEL 28 DE ABRIL, 2º BTO. "B"


INSTRUCCIONES GENERALES Y CALIFICACIÓN

Después de leer atentamente el examen, responda de la siguiente forma:

· Elija un texto entre A y B y responda a las preguntas que se le plantean abajo correspondientes al bloque 1

· Responda a una de las dos preguntas (A o B) del bloque 2 y del bloque 3


TEXTO  A:

La producción de la vida, tanto de la propia en el trabajo, como de la ajena en la procreación, se manifiesta inmediatamente como una doble relación -de una parte, como una relación natural, y, de otra, como una relación social-; social, en el sentido de que por ella se entiende la cooperación de diversos individuos, cualesquiera que sean sus condiciones, de cualquier modo y para cualquier fin. De donde se desprende que un determinado modo de producción o una determinada fase industrial lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una determinada fase social, modo de cooperación que es, a su vez, una «fuerza productiva»; que la suma de las fuerzas productivas accesibles al hombre condiciona el estado social y que, por tanto, la «historia de la humanidad» debe estudiarse y elaborarse siempre en conexión con la historia de la industria y del intercambio.

(Karl Marx: La ideología alemana, Introducción)

 

TEXTO B:

"El mayor acontecimiento reciente -que “Dios ha muerto”, que la creencia en el Dios cristiano ha caído en descrédito- empieza desde ahora a extender su sombra sobre Europa. Al menos, a unos pocos, dotados de una suspicacia bastante penetrante, de una mirada bastante sutil para este espectáculo, les parece efectivamente que acaba de ponerse un sol, que una antigua y arraigada confianza ha sido puesta en duda.

Nuestro viejo mundo debe parecerles cada día más crepuscular, más dudoso, más extraño, “más viejo”. Pero, en general, se puede decir que el acontecimiento en sí es demasiado considerable, demasiado lejano, demasiado apartado de la capacidad conceptual de la inmensa mayoría como para que se pueda pretender que ya ha llegado la noticia y, mucho menos aún, que se tome conciencia de lo que ha ocurrido realmente y de todo lo que en adelante se ha de derrumbar, una vez convertida en ruinas esta creencia por el hecho de haber estado fundada y construida sobre ella y, por así decirlo, enredado a ella".

(Friedrich NIETZSCHE: "La gaya ciencia", libro V, 343)


CUESTIONES:

1: Sobre el texto elegido (5 puntos)

1.- Identifique la tesis principal defendida en el texto propuesto.
2.- Mediante un pequeño texto justificativo ponga en diálogo con algún otro autor, autora o corriente filosófica perteneciente a la misma o a diferente época la cuestión discutida en el texto.

2: Responda solamente a una de las dos preguntas que se le plantean a continuación (2,5 puntos)

A: Exponga el problema de la ética y/o la moral en un autor, autora o corriente filosófica de la época medieval o antigua.

B: Exponga el problema de la política en un autor, autora o corriente filosófica de la época antigua

3: Responda solamente a una de las dos preguntas que se le plantean a continuación (2,5 puntos)

A: Exponga el problema de la realidad y/o el conocimiento en un autor, autora o corriente filosófica de la época moderna.

B: Exponga el problema de la ética y la moral en un autor, autora o corriente filosófica de la época moderna.


Respuesta cuestión 1, Texto A

1.- Karl Marx, filósofo alemán (1818 - 1882) cuyo pensamiento dialéctico de raíz hegeliana es conocido como "materialismo histórico", presenta en este texto su concepción de la realidad humana como un proceso indisociable de la actividad económica en que aquella hunde sus raíces: "... la «historia de la humanidad» debe estudiarse y elaborarse siempre en conexión con la historia de la industria y del intercambio" (líneas 9 - 11).

La producción de la vida se manifiesta como una doble relación, natural y social, siendo esta última así porque implica la cooperación de diversos individuos (líneas 1 - 5). La procreación ha sido determinada por la naturaleza, mientras que el trabajo lleva al hombre a re-crearse a sí mismo a través de su acción transformadora de la realidad. El hombre es un ser productivo-transformador en su misma esencia, puesto que Marx lo concibe no tanto como un ser cognoscente ("homo sapiens"), al modo de la antropología tradicional, sino como un ser fabril que conforma el mundo y su propia realidad mediante el trabajo ("homo faber"). Su naturaleza hace del trabajo (la transformación de su entorno mediante la producción de bienes) la llave de su realización. El trabajo socializa al hombre, le aboca a la relación con otros hombres. De ahí que las condiciones socio-económicas de producción determinen nuestra configuración como seres.

El materialismo histórico concibe la sociedad como una realidad dinámica, determinada en su existencia por la naturaleza misma del hombre, y en sus particularidades concretas e históricas, por las relaciones de producción que se dan en su seno. La estructura social es reflejo de la estructura económica: "un determinado modo de producción o una determinada fase industrial lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una determinada fase social" (líneas 6 - 7). De ahí la necesidad de determinar en todo estadio del  desarrollo histórico-social una infraestructura material -las relaciones de producción que se dan entre los sujetos- que explica en última instancia toda superestructura observable. Según el modo de producción que se de en una sociedad ésta generará unas condiciones de existencia u otras: "la suma de las fuerzas productivas accesibles al hombre condiciona el estado social" (líneas 8 - 9). 

2.- Marx concibe al hombre como una realidad dinámica cuya autodeterminación se da en términos de actividad productiva, lo que, a través de la división del trabajo, creará desigualdades insolubles. Este conflicto es enmascarado por la superestructura social mediante la instrumentalización del aparato político-jurídico, el falso consuelo de una religión conformista con la injusticia -que funciona como “opio del pueblo”- y la complicidad de una filosofía que, instalada en el idealismo, evita encarar la realidad concreta para producir una ideología que falsifica la realidad.

Con su denuncia de la alienación económica del ser humano, ignorada por la filosofía precedente, Marx se sitúa en las antípodas del optimismo cartesiano. Descartes (1596 - 1650), filósofo racionalista francés, postula un humano plenamente consciente, dueño de sí y movido por ideas, no por fuerzas ciegas e inexorables, puesto que se define como pensamiento ("res cogitans") antes que como materia operativa ("res extensa").

En la filosofía de Descartes, el alma es una realidad auto-consciente, más conocida, más evidente y más cierta que el cuerpo. Posee ideas innatas y es inmortal. El cuerpo se explica totalmente por las leyes del movimiento, dado que es un mecanismo físico. El alma, espíritu puro, es en cuanto a realidad pasiva, entendimiento, y en cuanto a realidad activa, voluntad. De ello se sigue que el autor ignore todo el planteamiento materialista que va de Demócrito -una de las influencias reconocidas explícitamente por Marx- al materialismo de Marx y Engels, que se pretende "científico" frente al "socialismo utópico" que le ha precedido, al descubrir las leyes del devenir histórico. La acción es en Descartes casi un problema residual en su sistema, objeto de un mero enfoque ético, lo que reafirma el carácter evasivo de una noción de libertad que ignora los factores económicos y de clase que en realidad determinan al individuo.


Respuesta cuestión 1, Texto B

1.- Nietzsche, filósofo alemán (1844 -1900) irracionalista y vitalista, pone ante nuestros ojos la muerte de Dios como un hecho filosófico de singular trascendencia -"el mayor acontecimiento reciente" (línea 1)-, tanta que sostiene que su naturaleza y consecuencias están por revelarse aún en toda su magnitud: "el acontecimiento en sí es demasiado considerable ... para que ... se tome conciencia de lo que ha ocurrido realmente, y de todo lo que en adelante se ha de derrumbar ..." (líneas 7 - 8, 9, 10 - 11). El "acontecimiento" excede en tal medida la capacidad de comprensión de la masa que ésta no puede vislumbrar siquiera las consecuencias implicadas en un hecho de tal alcance, es algo "demasiado apartado de la capacidad conceptual de la inmensa mayoría" (líneas 8 - 9).

La "muerte de Dios" supone el fin de una determinada visión de la existencia, caracterizada por la afirmación de un falso sentido de la vida que el cristianismo ha cimentado en una trascendencia consoladora y falaz, una trascendencia ilusoria que traiciona el "sentido de la tierra", es decir, la inmanencia, el enraízamiento en el "aquí y ahora" que constituyen la única certeza posible para el hombre. Con el abandono de la visión cristiana del mundo, un proceso que había venido desarrollándose desde hace siglos, y que se manifiesta plenamente con la modernidad y la secularización de la cultura -siendo por tanto un fenómeno que se da en primer lugar en las élites intelectuales- se derrumban las falsas certezas que el hombre occidental ha construído en su neurótica huída de la realidad: la "verdad" científica, la "verdad" moral, etc. Con la "muerte de Dios" desaparecen, inevitablemente, los valores absolutos edificados por el idealismo.

Solo unos pocos han sido capaces de vislumbrar con lucidez la naturaleza del proceso: "Al menos, a unos pocos, dotados de una suspicacia bastante penetrante, de una mirada bastante sutil para este espectáculo, les parece efectivamente que acaba de ponerse un sol, que una antigua y arraigada confianza ha sido puesta en duda" (líneas 3 - 5). Esos "pocos" son los filófos que han de asumir el vacío que el derrumbe de las viejas creencias produce, y que, consecuentemente, han de asumir el nihilismo como inevitable punto de partida metodológico, un punto de partida y no de llegada pues Nietzsche no aboga por el nihilismo negativo, constatación de la decadencia de los inoperantes y estériles valores de la tradición judeocristiana, sino por un nihilismo positivo que despeje el panorama intelectual de todo dogmatismo para abrir camino a los nuevos valores que creará el superhombre al aplicar su voluntad de poder a una vida que afirme "el sentido de la tierra".

2.- Nietzsche diagnostica con su tesis sobre "la muerte de Dios" la caducidad de un modo de concebir la realidad que en el pasado ha supuesto la alienación del ser humano, reducido a la triste condición de bestia de carga que lleva sobre sí el peso de los valores supuestamente "más grandes que la vida". En su punto de mira está el pensamiento judeocristiano, que puede representar Agustín de Hipona (354 - 430), máximo representante de la Patrística y conspicuo ejemplo de ese carácter de "platonismo para el pueblo" que Nietzsche achaca al cristianismo: en vez de instalar al hombre en su realidad inmanente, el cristianismo pone su valor en un mundo trascendente que constituye su máxima aspiración. Ese mundo paralelo, esa evasiva "ilusión óptico-moral" desarraiga al sujeto de su mundo propio y le impide vivir plenamente. 

Así, Dios es pensado como una realidad infinita y eterna ajena a las limitaciones humanas, cumpliéndose el dictamen nitzscheano que recrimina a la filosofía y religión tradicionales el pensar mediante abstracciones y negar la realidad transformadora del tiempo, frente a la cual la afirmación de cualquier entidad "atemporal" le parece un sinsentido. 

Frente a la concepción trascendente de la realidad que propone Agustín, Nietzsche reclama la inmanencia de la existencia terrenal, espacio-temporal, como única realidad.

CUESTIÓN 2, Respuesta opción A:

La ética de Tomás de Aquino (1225 - 1274), filósofo y teólogo dominico italiano, máximo respresentante de la Escolástica, se asemeja a la de Aristóteles -autor cuya a cuya introducción en el pensamiento medieval dio un poderoso impulso- en el sentido de que es eudemonista (considera que el fin de la conducta humana es la felicidad) y teleológica (los hombres actúan proponiéndose fines y escogiendo los medios adecuados para conseguirlos).

La vida del hombre no se agota en la tierra, por lo que la felicidad no puede ser algo que se consiga exclusivamente en el mundo terrenal; puesto que el alma del hombre es inmortal, el fin último de las acciones de éste trasciende la vida terrestre y se dirige hacia la contemplación de la primera causa y principio del ser: Dios.

Santo Tomás añade que esta contemplación no la puede alcanzar el hombre por sus propias fuerzas, dada la desproporción entre su naturaleza y la naturaleza divina, por lo que requiere, de alguna manera, de la ayuda de Dios (la gracia), en forma de iluminación especial que permitirá al alma adquirir la capacidad necesaria para alcanzar la visión de Dios.

Sto. Tomás considera que todos los hombres tienen el deseo de contemplar a Dios, y es por esto que todos ellos poseen los elementos necesarios -las virtudes- para alcanzar ese fin. Las virtudes pueden ser de dos clases: morales, cuyo fin es escoger libremente en la vida sensible las conductas buenas, como son la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza; e intelectuales, como el arte, la inteligencia, la ciencia y la sabiduría. A esas virtudes se añaden las virtudes sobrenaturales (llamadas también "teologales": fe, esperanza y caridad), cuyo fin es la unión con Dios.

El acto moral es un acto libre de la voluntad destinado a conseguir un bien. Un acto es moral (bueno o malo) si es deliberado. Será bueno si, siendo deliberado, está de acuerdo con el orden de la razón, es decir, si está en armonía con el fin último y, por tanto, contribuye a la realización de la esencia del hombre. Por el contrario, será malo, si no está de acuerdo con él.

Al reconocer el bien como el fin de la conducta del hombre, la razón descubre su primer principio: se ha de hacer el bien y evitar el mal. Este principio es la base de la Ley Moral Natural, es decir, el fundamento de toda conducta. De este principio derivan tres preceptos:

- Conservar la vida

- Transmitir la vida para garantizar la especie.

- Buscar el conocimiento de la verdad sobre Dios y vivir en sociedad.

La afirmación de que el hombre es el producto de la creación corresponde a la Ley Eterna.

De la ley natural emanan las Leyes Humanas Positivas, que son aceptadas si no contradicen la ley natural y rechazadas o consideradas injustas si la contradicen.


CUESTIÓN 3: Respuesta opción A

David Hume (1711 - 1776), filósofo empirista, historiador y diplomático escocés cuyo pensamiento resultará ser la influencia más determinante sobre el pensamiento de Kant, que le consideraba el “Newton de la filosofía” y que afirmaba que la lectura de su obra le había despertado del “sueño dogmático”, presenta una radicalización del empirismo británico que conduce directamente al escepticismo.

Hume engloba tanto la estimulación de los sentidos como las ideas del entendimiento bajo el concepto de “percepción”. Nuestro conocimiento está constituido por percepciones, de las cuales las inmediatas, representaciones actuales intensas y precisas, constituyen las “impresiones”, siendo las “ideas” copias débiles e imprecisas de aquellas. La mente conserva las ideas mediante la memoria y las combina mediante la imaginación, proceso que permite obtener ideas complejas a partir de las simples. Ese proceso ocurre merced a las leyes de la asociación: semejanza, contigüidad espacio-temporal o relación causa-efecto.

En su construcción de las ideas, sobre todo las compuestas, la conciencia tiende a generar supuestos y conceptos falsos, sin correlato real alguno, nociones como “causa” o “substancia” para las que no existe una sensación que les corresponda. Al demoler la noción metafísica de “substancia” Hume afirma que incluso el “yo”, tan caro al pensamiento cartesiano, revela su carácter de construcción, de pretendido núcleo inalterable de la personalidad que acaba por revelarse como falso. En cuanto a la idea de “causación”, es un añadido injustificado a lo que no es sino la constatación de una sucesión en el tiempo, sin que seamos capaces de percibir la conexión interna entre dos fenómenos.

El límite del conocimiento humano está establecido por las impresiones: una idea es verdadera cuando le corresponde una impresión sensible; si no se encuentra ninguna impresión que conecte una idea con una experiencia, entonces la idea es falsa. Este “principio de la copia” conlleva una consecuencia implacable para el conocimiento científico: deslegitima completamente su capacidad para establecer predicciones, dado que una impresión futura -meramente hipotética- no puede fundamentar un conocimiento presente. Cualquier predicción es, en definitiva, producto del hábito o la costumbre: esperamos que la realidad se comporte tal como en el pasado ha venido ocurriendo; solo que tal expectativa no es en propiedad un conocimiento legítimo, sino una creencia.

Un conocimiento basado en la experiencia no puede, además, ser universal y necesario, puesto que la experiencia es siempre concreta y particular. Dado que solo la asociación habitual entre ideas genera la creencia en la existencia de un mundo exterior uniforme y regular, la filosofía de Hume conduce a un escepticismo que no salva ya ninguna verdad absoluta, sino que manifiesta un profundo espíritu anti-dogmático.

miércoles, 22 de mayo de 2024

2º COMENTARIO DE TEXTO HANNAH ARENDT


En la interpretación del totalitarismo, todas las leyes se convierten en leyes de movimiento. Cuando los nazis hablaban sobre la ley de la naturaleza o cuando los bolcheviques hablan sobre la ley de la historia, ni la naturaleza ni la historia son ya la fuente estabilizadora de la autoridad para las acciones de los hombres mortales; son movimientos en sí mismas. Subyacente a la creencia de los nazis en las leyes raciales como expresión de la ley de la naturaleza en el hombre, se halla la idea darwiniana del hombre como producto de una evolución natural que no se detiene necesariamente en la especie actual de seres humanos, de la misma manera que la creencia de los bolcheviques en la lucha de clases como expresión de la ley de la historia se basa en la noción marxista de la sociedad como producto de un gigantesco movimiento histórico que corre según su propia ley de desplazamiento hasta el fin de los tiempos históricos, cuando llegará a abolirse por sí mismo.

ARENDT, Hannah. Los orígenes del totalitarismo.

1.- Comente el texto propuesto. (hasta 2 puntos)


En el presente texto Hannah Arendt, politóloga y periodista germano-estadounidense (1906 – 1975) señala que el totalitarismo es una concepción del estado que se fundamenta en supuestas leyes dinámicas que funcionan al margen de la voluntad humana, siendo por naturaleza autónomas e ineludibles: “En la interpretación del totalitarismo, todas las leyes se convierten en leyes de movimiento” (línea 1).

Esto es así porque la pretensión del gobierno totalitario es presentarse a sí mismo, frente a su posible arbitrariedad, como un modelo político asentado sobre unas leyes superiores a las positivas, las leyes de la naturaleza o de la historia: el evolucionismo darwinista en el caso del nazismo y las leyes dialécticas que rigen el devenir de las sociedades en el caso del comunismo bolchevique (línea 2).

Con esta pretensión, el ser humano queda alienado de los procesos que le afectan, en la medida en que resulta sujeto pasivo de dichos procesos, y no protagonista o impulsor. Las leyes últimas de la realidad socio-política son de suyo ciegas y deterministas, ajenas a la voluntad de quienes las padecen: “... ni la naturaleza ni la historia son ya la fuente estabilizadora de la autoridad para las acciones de los hombres mortales …” (líneas 3-4).

Las dos doctrinas ideológicas señaladas apuntan a una culminación que aparece como su realización última, siendo ésta la toma del poder político ya sea por parte de una etnia superior o de una clase social superior.

En el caso del nazismo estas leyes derivan de las leyes evolutivas expresadas por Darwin, que le llevan a la identificación de la futura raza dominante con la raza aria. En el caso del estalinismo se trata de aplicar unas leyes dialécticas históricas que de manera absolutamente determinista marcan un progreso constante e irreversible sin tener en cuenta a la persona, al individuo, pues el protagonista del proceso es colectivo, el proletariado.

En ambos casos la persona esta reificada, cosificada en una gran maquinaria que solamente responde a esas leyes que se suponen incuestionables e inamovibles.

Hannah Arendt es una de las filósofas más importantes del siglo XX. Nacida en Alemania de origen judío, logra escapar de los nazis y huye a Estados Unidos, donde recompone su vida dando clase en diversas universidades y ejerciendo como reportera del New Yorker. Su reflexión filosófica tiene tres vertientes que son de extraordinario interés: denunciar la proyección del mecanismo social del chivo expiatorio en el pueblo judío, buscar cuáles son las condiciones que permiten el surgimiento de los totalitarismos y diferenciar los conceptos de mal banal y mal radical. Entre sus obras más famosas están Los orígenes del totalitarismo, La condición humana y Eichmann en Jerusalén.

1er COMENTARIO DE TEXTO HANNAH ARENDT


En lugar de decir que el gobierno totalitario carece de precedentes, podríamos decir también que ha explotado la alternativa misma sobre la que se han basado en filosofía política todas las definiciones de la esencia de los gobiernos, es decir, la alternativa entre el gobierno legal y el ilegal, entre el poder arbitrario y el legítimo … Sin embargo, la dominación totalitaria nos enfrenta con un tipo de gobierno completamente diferente. Es cierto que desafía todas las leyes positivas … pero no opera sin la guía del derecho ni es arbitrario porque afirma que obedece estrictamente a aquellas leyes de la naturaleza o de la historia de las que, supuestamente, proceden todas las leyes positivas.

(“Los orígenes del totalitarismo”, 1951)

Exponer las ideas fundamentales del texto propuesto y la relación que existe entre ellas.


En el presente texto Hannah Arendt (1906 - 1975, teórica germano-norteamericana de origen judío) señala la pretensión del gobierno totalitario de presentarse a sí mismo, frente a su posible arbitrariedad, como un modelo político asentado sobre unas leyes superiores a las positivas, las leyes de la naturaleza o de la historia: “El gobierno totalitario … obedece estrictamente a aquellas leyes de la naturaleza o de la historia de las que, supuestamente, proceden todas las leyes positivas” (líneas 1, 7-8).

La autora considera que este sistema tiene su propia naturaleza, una lógica interna que hace que sea radicalmente distinto de otras dictaduras frecuentes en la historia, e incluso contemporáneas con ese fenómeno, como fueron el franquismo, el fascismo, etc., y es su pretensión de revestirse de racionalidad al apuntalarse sobre leyes que no son las socialmente reconocidas, sino las leyes ciegas y deterministas de la naturaleza o de la historia, leyes que implican un movimiento ineludible.

La teoría darwinista de la evolución de las especies es el fundamento último de la ideología racista nazi, mientras que la doctrina marxista de la evolución de las sociedades es la base del totalitarismo comunista. Ambas son inapelables, y en ellas lo justo y lo injusto, la culpabilidad y la inocencia son nociones que pierden su sentido.

Así pues, el totalitarismo no elude el dilema entre poder arbitrario y legítimo (línea 4), sino que busca justificarse en leyes que no emanan del poder legislativo, sino que son anteriores y más sólidas que aquéllas, leyes que el pensamiento radical del siglo XIX (darwinismo y materialismo histórico) habrían sacado a la luz. De ahí su radical novedad, el hecho de que “la dominación totalitaria nos enfrenta con un tipo de gobierno completamente diferente (a los precedentes)” (líneas 4-5).

Las leyes que fundamentan los sistemas totalitarios de comienzos del siglo XX son leyes del movimiento. La ley de la naturaleza, en la que se basa el nazismo, tiene su fundamento en el concepto de raza, es decir, que existen ciertas razas incapaces y parasitarias y otras capaces y beneficiosas. La ley de la historia, en la que se basa el comunismo, tiene su fundamento en el concepto de lucha de clases, que determina el ascenso de una clase, el proletariado, frente a otra decadente, la burguesía. En la ideología totalitaria ambas leyes sustituyen al derecho natural tradicional y sobre todo a las leyes positivas que se asientan en él, de modo que desaparece todo factor de estabilidad a favor de un movimiento permanente en el que deben desaparecer ciertos individuos, razas o clases perjudiciales.

Hannah Arendt es una de las pensadoras fundamentales del pasado siglo, que centra sus investigaciones en los mecanismos de surgimiento del totalitarismo, el antisemitismo como expresión moderna de la transferencia del chivo expiatorio y la obediencia acrítica a la autoridad como apoyo necesario al ejercicio del mal.

lunes, 20 de mayo de 2024

EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE HANNAH ARENDT


Hannah Arendt nació en Hanover, Alemania, en el año 1906. Discípula de Heidegger y de Jaspers, fue una de las pensadoras más influyentes del siglo XX. Dividió su actividad intelectual entre la filosofía y la teoría política. Ha escrito varias obras que han devenido fundamentales sobre el poder, la autoridad y el totalitarismo, y ha sido docente en las universidades de Berkeley, Princeton, Columbia y Chicago, además de ejercer el periodismo. Sus principales preocupaciones filosóficas son los mecanismos de surgimiento del totalitarismo, el antisemitismo como expresión moderna de la transferencia del chivo expiatorio y la obediencia acrítica a la autoridad como apoyo necesario al ejercicio del mal. Falleció en Nueva York en 1975.

El totalitarismo es un doctrina política en la que se defiende el absolutismo estatal y su poder total y absoluto sobre cualquier aspecto de la vida y de las libertades ciudadanas. El sistema opuesto al totalitarismo es la democracia, cuyos principios característicos son la soberanía popular y la división de poderes.

Una democracia pide un espacio político en el que el poder no sea violencia, sino acción concertada. El poder es, así, la coacción no violenta gracias a la cual se imponen las ideas reguladas por un elemento institucional reconocido. Por tanto, hay que restablecer un espacio público que asegure la relación adecuada entre lo privado y lo público, garantice la igualdad política de todos, así como los derechos civiles, los derechos de las minorías y de los refugiados, y el derecho a disentir. Para ello tendrá que favorecer los debates, la asociación de los ciudadanos y toda forma de acción en común. En definitiva, Arendt defiende un valor esencial en el ser humano: la vida activa.

El trabajo de Arendt sobre el totalitarismo le lleva a analizar ejemplos recientes de este fenómeno, como el nacionalsocialismo y el régimen comunista soviético, configuraciones políticas que surgen en el primer tercio del siglo XX y que carecen de antecedentes históricos. Ambos se presentan como movimientos de masas que explotan la frustración y el resentimiento de quienes se sienten aislados y marginados de la sociedad. El movimiento totalitario ofrece a estas personas dominadas por el miedo un sentido de pertenencia y un lugar en el mundo, a cambio de una obediencia ciega y lealtad incuestionable a su líder.


Para extender su dominación, los movimientos totalitarios hacen uso de la propaganda y del terror. Las afirmaciones propagandísticas, repetidas una y otra vez, se presentan como verdades indudables, aunque en realidad proclamen ideas absurdas.

Para Arendt existen dos recursos que fundamentan el discurso totalitario: la ley de la Naturaleza y la ley de la historia. Son leyes del movimiento que rigen los gobiernos totalitarios. La ley de la naturaleza, en la que se basa el nazismo, tiene su fundamento en el concepto de raza, es decir, que hay ciertas razas incapaces y parasitarias y otras capaces y beneficiosas. La ley de la historia, en la que se basa el comunismo, tiene su fundamento en el concepto de lucha de clases, que determina el ascenso de una clase, el proletariado, frente a otra decadente, la burguesía. En la ideología totalitaria ambas leyes sustituyen al derecho natural tradicional y sobre todo a las leyes positivas que se asientan en él, de modo que desaparece todo factor de estabilidad a favor de un movimiento permanente en el que deben desaparecer ciertos individuos, razas o clases perjudiciales. La teoría darwinista de la selección natural de las especies es el fundamento último de la ideología racista nazi, mientras que la doctrina marxista de la evolución de las sociedades es la base del totalitarismo comunista.

Según señala Arendt, «los movimientos totalitarios son organizaciones masivas de individuos atomizados y aislados». Estos movimientos totalitarios han generado un nuevo tipo de ser humano: el individuo aislado, fácilmente manipulable y que conforma las masas, desposeído de sus derechos y aislado de la comunidad política a la que pertenecía. Por ello, el hombre-masa se caracteriza por su falta de relaciones sociales y su aislamiento; el fanatismo y la devoción al líder son formas de intentar huir de ese sentimiento de soledad. La persecución de los enemigos del régimen alimenta un sistema represivo en el que toda la población vive bajo amenaza del terror. El control por parte del Estado en todas las esferas, incluido el ámbito privado, crea un ambiente de inseguridad y desconfianza permanente. Además, hacen uso de los campos de concentración para fomentar el terror entre la población.

Debe establecerse una distinción entre el mal radical y el mal banal. El mal radical es aquél mal que se da cuando uno es consciente de que sus acciones dañarán a los demás, y a pesar de haber pensado y deliberado sobre ello no le importa (o incluso le complace). Es un mal asumido voluntariamente y con pleno conocimiento, y no es perdonable, ya que escapa a los parámetros de arrepentimiento y compunción. Frente a ello, el mal banal se da cuando la persona no reflexiona sobre el acto a realizar ni sus consecuencias, lo que ocurre cuando determinadas acciones dejan de ser pensadas como acciones valorables moralmente y se consideran actos cotidianos, normalizados, sobre los cuales el sujeto se niega a reflexionar huyendo de auto-cuestionarse. Para Arendt, paradigma de esta banalidad del mal es Adolf Eichmann, alto cargo de la SS nazi y partícipe de la solución final, que solo juzga sus actos desde la eficacia productiva y no moralmente.

El totalitarismo es una ideología que quiere, mediante el terror, eliminar la pluralidad y por ello promueve el aislamiento y la soledad: la destrucción de la esfera política de la vida humana y la desaparición de la vida privada. En definitiva, lograr el poder total e ilimitado, transformando a los seres humanos para que abandonen por completo su capacidad de pensar, su aspiración de libertad y su sentimiento de solidaridad con los demás.

Raúl Hernández Montaño
(Fuente: https://eltallerdefilosofia.blogspot.com/)

HANNAH ARENDT Y LA CONDICIÓN HUMANA


domingo, 19 de mayo de 2024

HANNAH ARENDT, FRASE CLAVE E IMPORTANCIA FILOSÓFICA


Hannah ARENDT (1906 – 1975)

FRASE CLAVE:
Asumir la responsabilidad de las decisiones que tomamos es lo que nos hace humanos.

IMPORTANCIA FILOSÓFICA:
-         Distingue el mal radical, absoluto y autoconsciente, del mal banal con el que los mediocres que se limitan a obedecer colaboran con aquél.
-         Entiende que nuestra vida comprende tres actividades fundamentales: la labor, el trabajo y la acción, siendo esta última la que nos define.
-         Reclama el primado de la conciencia y la reflexión personal sobre el sometimiento a consignas e imposiciones del poder
-         Su pensamiento nos previene de la tentación de contemporizar con el totalitarismo de todo signo.

jueves, 15 de febrero de 2024

LA ÉTICA EN ADELA CORTINA


Adela Cortina, es una filósofa española nacida en Valencia en el año 1947. Catedrático de Ética en la universidad de Valencia, en el año 2007 le fue concedido el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos.

Es autora de numerosas obras sobre Ética destacando una de sus últimas producciones que se convirtió en un record de ventas: ¿Para qué sirve realmente la Ética? Junto a ésta cabe destacar también, Aporofobia, el rechazo al pobre, Ética mínima y Ética sin moral. Conocedora de la obra de Jürgen Habermas establece que existen dos aproximaciones a la ética: por un lado estarían las que parten de una sociedad justa (estudiando los actos y normas morales cuya finalidad es alcanzar la justicia) y las que parten del ofrecimiento de la búsqueda de la felicidad personal.

Para que una persona sea feliz es indudable que la sociedad en la que viva ha de ser una sociedad justa ahora bien no podemos aspirar a la felicidad únicamente con los derechos y deberes que establece la justicia. Para tener una vida plena y feliz, es necesario construir un proyecto vital que no aparece en ningún código legal positivo de ningún país.

Basándose en esta distinción Adela Cortina establece dos propuestas éticas: una ética de mínimos y una ética de máximos.

La ética de mínimos está basada en la idea de la justicia. Es decir, se ocuparía de los deberes que han de ser respetados y cumplidos por todos los miembros de la comunidad. Se trata de normas y valores comunes y universalizables, ya que son derechos irrenunciables. Es una ética de implicaciones políticas y sociales y que debería estar vertebrada por la Declaración Universal de los derechos del hombre. Es una ética que es ley y que por lo tanto es de obligado cumplimiento.

Por otro lado tendríamos la denominada ética de máximos. Esta es una ética que se propone y que se refiere a cualquier reflexión ética que aspire a mostrar un modelo de vida plena y feliz. Es una invitación a una forma de vivir que nos señala el camino hacia la plenitud personal.

En el fondo de esta doctrina se encuentra lo que podríamos llamar ética dialógica que parte de una actitud de diálogo entre iguales donde el pacto y el consenso son la piedra de toque de dicha doctrina. De tal forma que, lo que prevalece es la validez de las argumentaciones y supone que la persona está dispuesta a comportarse de acuerdo con lo decidido en ese consenso.

(Entrada redactada por doña Aurora Insúa)

lunes, 2 de enero de 2023

LA MUJER EN LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA




Nota sentimental de alumno agradecido: Celia Amorós (pantalla 41), ya jubilada, fue mi -excelente- profesora de Filosofía Antigua en la Universidad Complutense.

MODELOS DE DEMOCRACIA EN HABERMAS


En el texto "Tres modelos normativos de democracia" (1996) Habermas presenta los tres modelos de democracia que él distingue: el modelo liberal, el modelo republicano y el modelo deliberativo, comparándolos entre sí.

El modelo de democracia liberal está al servicio de la eficacia. En él el proceso democrático se reduce a conseguir que funcione la administración y la economía (mercado). En este modelo lo que importa es defender los derechos privados o subjetivos de los ciudadanos. Por tanto, en él predomina una libertad meramente negativa. Se trata, en definitiva, de un modelo en el que la política está subordinada al mercado.

El modelo republicano de democracia se basa en la razón dialógica. Este modelo tiene un carácter ético. La política se concibe como la creación de una acción entre personas libres e iguales. En él son importantes el funcionamiento de la administración y la economía, pero lo más importante es la solidaridad como factor de integración social.

En este modelo la sociedad civil es fundamental, por lo que promueve una libertad positiva, es decir, fomenta la participación de los ciudadanos en la vida política. Aquí lo que importa no es tanto el mercado como el diálogo entre los ciudadanos. Es un poder comunicativo, que implica la auto-organización política de la sociedad y vincular a los ciudadanos con los fines colectivos, buscando el consenso entre sus intereses personales contrapuestos.

El problema del modelo democrático republicano es que presenta la sociedad como una comunidad ética, algo idealista y alejado de la realidad. Por eso, Habermas, en su ética discursiva, plantea un modelo deliberativo de democracia, en que, además de unos principios éticos consensuados, se trata de consensuar los intereses de los distintos grupos sociales y buscar una elección racional de los medios que conducen a los fines propuestos.

La deliberación permite sintetizar los dos modelos de democracia anteriores: el instrumental y el dialógico. Aquí se busca la acción comunicativa, pues en este modelo de democracia las deliberaciones se toman en la red de comunicación de la esfera política (Parlamentos) con la opinión pública, y esa red constituye una intersubjetividad de orden superior, que vincula a todos los ciudadanos del Estado. 

En el modelo deliberativo el poder está racionalizado, es decir, la administración está en permanente diálogo con la opinión pública y la voluntad común. Es un modelo descentralizado y la soberanía popular se interpreta en clave intersubjetiva, sin identificar al sujeto con “el pueblo” (que es un término abstracto e ideal).

En este sentido, la política deliberativa está en relación directa con la espontaneidad y la libertad que caracterizan al mundo de la vida, y no se reduce al aparato burocrático que administra el poder económico.

Manuel Pérez Cornejo
(Fuente: http://blogeleusis.blogspot.com.es/)

HABERMAS, 2º MODELO DE RESPUESTA A LA CUESTIÓN 1 DEL EXAMEN DE SELECTIVIDAD

Al igual que en el modelo liberal, también en la teoría del discurso se respetan los límites entre el Estado y la sociedad; pero aquí la sociedad civil, en tanto que base social de espacios públicos autónomos, se distingue tanto del sistema de acción económica como de la administración pública. Y de esta comprensión de la democracia se sigue normativamente la exigencia de un desplazamiento del centro de gravedad en la relación entre los recursos que representan el dinero, el poder administrativo y la solidaridad, a los que las sociedades modernas recurren para satisfacer su necesidad de integración y de regulación.

(Jürgen HABERMAS: Tres modelos normativos de democracia)

En el texto propuesto Habermas subraya la autonomía de la sociedad civil frente a un modelo político que es el de la eficacia instrumental que, por su naturaleza, se distancia inevitablemente de la realidad del "mundo de la vida": "... la sociedad civil ... se distingue tanto del sistema de acción económica como de la administración pública" (líneas 2-4)

En el pensamiento de este autor, el estado se concibe como el aparato de la administración pública y la Sociedad como el sistema de interrelación entre las personas privadas y su trabajo social, estructurado en términos de economía de mercado. Esta realidad está ausente de la mentalidad y las preocupaciones del ciudadano "de a pie", por lo que el "centro de gravedad" sobre el que pivotan las vidas particulares de los ciudadanos ha de situarse en un ámbito diferente al de las grandes -y abstractas- justificaciones del sistema.

Al final, la separación del aparato estatal respecto de la sociedad no puede ser eliminada, sino solo franqueada por medio del proceso democrático. La atención exclusiva de los ciudadanos a sus propios intereses debe ser conducida, mediante procesos comunicativos, a la integración en redes de deliberación y solidaridad que los reintegren en un sano ejercicio de permanente diálogo con el poder.

Tal es el sentido último de la propuesta de Habermas de una democracia deliberativa.

HABERMAS, 1er MODELO DE RESPUESTA A LA CUESTIÓN 1 DEL EXAMEN DE SELECTIVIDAD

La teoría del discurso ... cuenta con la intersubjetividad de orden superior que representan procesos de entendimiento que se efectúan en la forma institucionalizada de deliberaciones en las corporaciones parlamentarias o en la red de comunicación de los espacios públicos políticos. Estas comunicaciones exentas de sujeto, o que no cabe atribuir a ningún sujeto global, constituyen campos en los que puede tener lugar una formación más o menos racional de la opinión y la voluntad acerca de temas relevantes para la sociedad global y de materias necesitadas de regulación. La formación informal de la opinión desemboca en decisiones electorales institucionalizadas y en resoluciones legislativas por las que el poder generado comunicativamente se transforma en un poder empleable en términos administrativos.

(Jürgen HABERMAS: Tres modelos normativos de democracia)


El texto que se nos presenta muestra cómo la inserción de un discurso bidireccional que implica a los principales actores del juego político (estado y ciudadanos) enriquece y da sentido a un proceso comunicativo que renueva el concepto de democracia participativa: "La teoría del discurso ... cuenta con la intersubjetividad de orden superior que representan procesos de entendimiento que se efectúan ... en las corporaciones parlamentarias o en la red de comunicación de los espacios públicos políticos" (líneas 1-4).

Al concepto discursivo de la democracia le corresponde, la imagen de una sociedad descentralizada que, mediante la emergencia del espacio público, se convierte en una plataforma diferenciada para la percepción, identificación y deliberación de los problemas de la sociedad en su conjunto. El requisito que el autor establece para que ese poder comunicativo ejerza su influencia es la institucionalización que le da a la vez `presencia y eficacia: "(esos procesos) se efectúan en la forma institucionalizada de deliberaciones" (líneas 2-3).

La racionalidad de la propuesta de Habermas opera a la vez como un proceso impersonal -o, al amenos, exento de sujeto personal (línea 4)- y como un retorno, no tanto nostálgico como esencialista, a la dimensión asamblearia e implicadora de la democracia originaria, que el autor busca conciliar con la dimensión burocrática de las modernas social-democracias: "el poder generado comunicativamente se transforma en un poder empleable en términos administrativos" (9 -10).

Al final, la política deliberativa, encauzada por procedimientos formales en las redes del espacio público político, conecta el mundo de la vida con un sistema que, sin ella, quedaría desconectado de la realidad a la que tiene que servir.

HABERMAS: resumen de TRES MODELOS NORMATIVOS DE DEMOCRACIA


Dentro de la división de los tres modelos de democracia, Habermas expone argumentos del modelo liberal en relación a la comprensión del papel asignado al proceso democrático. “Según la concepción liberal este proceso tiene la tarea de programar el Estado en interés de la sociedad. El estado se concibe como el aparato de la administración pública y la Sociedad como el sistema de interrelación entre las personas privadas y su trabajo social estructurado en términos de economía de mercado. La política (en el sentido de la formación de la voluntad política de los ciudadanos) tendría la función de amarrar e impulsar los intereses sociales privados frente al aparato estatal especializado en el empleo administrativo del poder político para alcanzar fines colectivos”.

Con respecto al concepto de ciudadano en la concepción liberal, esta relacionado con derechos subjetivos que tiene el ciudadano frente al estado y a los demás ciudadanos, la protección de Estado se da mientras persigan sus intereses privados dentro de límites trazados por leyes. Los derechos subjetivos son derechos negativos que garantizan un ámbito de elección dentro del cual las personas jurídicas están libres de coacciones externas. Los sujetos se entienden como sujetos privados.

La política es esencialmente una lucha por posiciones que conceden la capacidad de disponer de poder administrativo. La separación del aparato estatal respecto de la sociedad no puede ser eliminada, sino solo franqueada por medio del proceso democrático. Los ciudadanos están solo atentos a sus propios intereses.

“El objetivo de la argumentación liberal se dirige contra el potencial perturbador de un poder estatal que entorpece la interrelación social autónoma de los particulares. El punto crucial del modelo liberal no es la autodeterminación democrática de ciudadanos que deliberan, sino la normativización de una sociedad civil volcada en la economía que mediante la satisfacción de las expectativas de felicidades privadas de ciudadanos activos habría de garantizar un bienestar general entendido de manera apolítica” Estas características son claras de la racionalización del Estado y la sociedad marcados por la lógica del mercado como regulador de las relaciones entre las esferas.

Republicanismo Participativo Socialista
(Propone una racionalización de deliberativa del Estado, la Sociedad y el Mercado)

Habermas en su descripción de tres modelos de democracia, propone como tercera opción una concepción que se apoya en las condiciones comunicativas bajo las cuales el proceso político tiene para si la presunción de producir resultados racionales porque se lleva a cabo en toda su extensión de un modelo deliberativo.

La teoría discursiva que propone, cuenta con la intersubjetividad de orden superior que representan los procesos de entendimiento que se llevan a cabo en las formas institucionalizadas de deliberaciones y además en la red de comunicación de la esfera política de la opinión publica. El sistema político es un subsistema especializado en la toma de decisiones colectivamente vinculantes, mientras que las estructuras comunicativas del espacio público conforman una red expandida de sensores que reaccionan ante la presión de los problemas que afectan a la sociedad en su conjunto y que además estimulan la generación de opiniones de mucha influencia. La opinión pública dirige el uso del poder administrativo hacia determinados canales.

Al concepto discursivo de la democracia le corresponde, la imagen de una sociedad descentralizada que, mediante la emergencia del espacio público, se convirtió en una plataforma diferenciada para la percepción, identificación y deliberación de los problemas de la sociedad en su conjunto. La soberanía popular es interpretada de manera intersubjetivista, es un poder generado comunicativamente y generada de las interacciones entre la formación de la voluntad común.

Esta postura se diferencia tanto de la liberal como de la republicana en aspectos básicos, no se subyuga ante el mercado y en ella, el sistema político no es el centro ni la cúspide, es solo un sistema de acción entre otros. La política deliberativa, tanto si se lleva a cabo por procedimientos formales o informales en las redes del espacio público político tiene que ver con el mundo de la vida.

Jürgen HABERMAS: Tres modelos normativos de democracia. Sobre el concepto de una política deliberativa


Conectando con los trabajos de Frank Michelman, profesor de Teoría del Estado en la Universidad de Harvard, voy a comparar la compresión liberal con la compresión republicana de la política, y partiendo de una crítica al tipo de renovación del “republicanismo” que representa Frank Michelman, voy a desarrollar un concepto procedimental de política deliberativa.

I. Modelo republicano de la democracia versus modelo liberal de la democracia

a) Conceptos de ciudadano

b) Concepto de derecho

c) Naturaleza del proceso político

II. Una alternativa

a) Contra un estrechamiento ético de los discursos políticos

b) Comparación de los tres modelos

I
La diferencia decisiva consiste en la comprensión del papel del proceso democrático. Según la concepción liberal, este proceso democrático cumple la tarea de programar al Estado en interés de la sociedad, entendiéndose el Estado como el aparato que es la administración pública y la sociedad como sistema del tráfico de las personas privadas y de su trabajo social, estructurado en términos de economía de mercado. La política (en el sentido de la formación de la voluntad política de los ciudadanos) tiene la función de agavillar e imponer los intereses sociales privados frente a un aparato estatal que se especializa en el empleo administrativo del poder político para conseguir fines colectivos. Según la concepción republicana, la política no se agota en tal función de mediación; sino que es elemento constitutivo del proceso social en conjunto. La política es entendida como forma de reflexión de un plexo de vida ético (en el sentido de Hegel). Constituye el medio en el que los miembros de comunidades solidarias de carácter cuasi-natural se tornan conscientes de su recíproca dependencia, y prosiguen y configuran con voluntad y conciencia, transformándolas en una asociación de ciudadanos libres e iguales, esas relaciones de reconocimiento recíproco con que se encuentran. Con ello la arquitectónica liberal de Estado y sociedad sufre un importante cambio: junto con la instancia de regulación jerárquica que representa la jurisdicción del Estado y la instancia de regulación descentralizada que representa el mercado, es decir, junto al poder administrativo y al interés privado, aparece la solidaridad como una tercera fuente de integración social. Esta formación de la voluntad política de tipo horizontal, orientada hacia el entendimiento o hacia un consenso alcanzado argumentativamente, habría de gozar incluso de primacía, tanto si se consideran genéticamente, como si se las considera desde un punto de vista normativo. Para la práctica de la autodeterminación ciudadana se supone una base social autónoma, independiente tanto de la administración pública como del tráfico económico privado, que protegería a la comunicación política de quedar absorbida por el aparato estatal o de quedar asimilada a la estructura del mercado. En la concepción republicana el espacio público político y, como infraestructura suya, la sociedad civil, cobran un significado estratégico pues tienen la función de asegurar a la práctica del entendimiento entre los ciudadanos su fuerza integradora y su autonomía. Con esta desconexión de la comunicación política respecto de la sociedad económica, se corresponde una reconexión del poder administrativo con el poder comunicativo que dimana de la formación política de la opinión y la voluntad común.

Voy a señalar algunas consecuencias que, para la valoración del proceso político, se siguen de estos dos planteamientos que compiten entre sí:

a) En primer lugar se distinguen los respectivos conceptos de ciudadano. Conforme la concepción liberal, el status de los ciudadanos viene definido por los derechos subjetivos que los ciudadanos tienen frente al Estado y a los demás ciudadanos. Como portadores de derechos subjetivos los ciudadanos gozan de la protección del estado mientras persiguen sus intereses privados dentro de los límites trazados por las leyes. Los derechos subjetivos son derechos negativos que garantizan un ámbito de opción dentro del cual las personas jurídicas quedan libres de coacciones externas. Los derechos políticos tienen la misma estructura. Dan a los ciudadanos la posibilidad de hacer valer sus intereses privados de modo que éstos puedan al cabo (a través de las elecciones, de la composición del Parlamento y del gobierno) agregarse con otros intereses privados, hasta formar una voluntad política que sea capaz de ejercer una efectiva influencia sobre la administración. De esta forma, los ciudadanos políticos pueden controlar que el poder del Estado se ejerza en interés de los ciudadanos como personas privadas.

Conforme a la concepción republicana, el status de ciudadano no viene definido por ese patrón de libertades negativas de las que pueden hacer uso como personas privadas. Los derechos ciudadanos, entre los que sobresalen los derechos de participación y comunicación política, son más bien libertades positivas. No garantizan la libertad respecto de coacciones externas, sino la participación en una práctica común, cuyo ejercicio es lo que permite a los ciudadanos convertirse en aquello que quieren ser: en sujetos políticamente responsables de una comunidad de libres e iguales. En este aspecto, el proceso político no sólo no sirve al control de la actividad del Estado por ciudadanos que en el ejercicio de sus derechos privados y de sus libertades prepolíticas han alcanzado ya una autonomía previa. Tampoco cumple una función de bisagra entre el Estado y la sociedad, ya que el poder democrático del Estado no representa ningún poder originario. Ese poder procede más bien del poder comunicativamente generado en la práctica de la autodeterminación de los ciudadanos, y se legitima porque, por vía de institucionalización de la libertad pública, protege esa práctica. La jurisdicción de la existencia del Estado no radica primariamente en la protección de iguales derechos subjetivos privados, sino en que garantiza un proceso inclusivo de formación de la opinión y la voluntad políticas, en el que ciudadanos libres e iguales se entienden acerca de qué fines y normas redundan en interés común de todos. Con eso a los ciudadanos republicanos parece estárseles pidiendo bastante más que una mera orientación por sus intereses privados.

b) La polémica contra el concepto clásico de persona jurídica como portadora de derechos subjetivos, encierra en el fondo una controversia acerca del concepto mismo de derecho. Mientras que conforme a la concepción liberal, el sentido de un orden jurídico consiste en que ese orden permite decidir en cada caso particular qué derechos asisten a qué individuos, estos derechos subjetivos se deben, según la condición republicana, a un orden jurídico objetivo que posibilita, a la vez que garantiza, la integridad de una convivencia basada en la igualdad, la autonomía y el respeto recíproco. En el primer caso el orden jurídico se construye a partir de los derechos subjetivos, en el segundo se concede el primado al contenido objetivo que ese orden jurídico tiene. Ciertamente que estos conceptos dicotomizadores no cubren elcontenido intersubjetivo de derechos, que exigen el recíproco respeto de derechos y deberes en unas relaciones de reconocimiento de carácter simétrico. Pero en todo caso la concepción republicana sí resulta afín a un concepto de derecho que otorgue a la integridad del individuo y a sus libertades subjetivas el mismo peso que a la integridad de la comunidad en que los individuos puedan empezar reconociéndose recíprocamente como individuos a la vez que como miembros de esa comunidad. Ello es así pues la concepción republicana liga la legitimidad de la ley al procedimiento democrático de la génesis de esa ley, estableciendo así una conexión interna entre la práctica de la autodeterminación del pueblo y el imperio impersonal de las leyes.

El derecho de voto interpretado como libertad positiva se convierte en la tradición republicana en paradigma de los derechos en general, no sólo porque ese derecho es condición sine qua non de la autodeterminación política, sino porque en él queda claro cómo la inclusión en una comunidad de iguales depende de que los individuos estén capacitados para hacer aportaciones autónomas y para posesionarse como consideren oportuno.

c) Estas distintas conceptuaciones del papel de ciudadano y del derecho son expresión de un desacuerdo mucho más profundo sobre la naturaleza del proceso político. Conforme a la concepción liberal, la política es en esencia una lucha por posiciones que aseguran la capacidad de disponer de poder administrativo. El proceso de formación de la opinión y la voluntad políticas en el espacio de la opinión pública y en el Parlamento viene determinado por la competencia de actores colectivos que actúan estratégicamente, con el fin de conservar sus posiciones de poder o de hacerse con tales posiciones. El éxito se mide por el asentimiento de los ciudadanos a personas y a programas, cuantificado por el número de votos obtenidos en las elecciones. Con sus votos los electores expresan sus preferencias. Sus decisiones de voto tienen la misma estructura que los actos de elección de quienes participan en un mercado orientándose a obtener el mayor beneficio posible. Esos votos representan algo así como una licencia para una carrera por posiciones de poder que los partidos políticos se disputan, adoptando asimismo una actitud de orientación al éxito. El input de votos y el output de poder responden al mismo modelo de acción estratégica; “A diferencia de la deliberación, la interacción estratégica tiene por fin la coordinación. En último análisis, lo que exige de la gente es no considerar otro interés que el propio de cada uno”.

Conforme a la concepción republicana, la formación de la opinión y de la voluntad común en el espacio público y en el Parlamento no obedece a las estructuras de los procesos de mercado, sino que tiene sus propias estructuras específicas, a saber, las estructuras de una comunicación pública orientada al entendimiento. El paradigma de la política en el sentido de una práctica de la autodeterminación ciudadana no es el mercado, sino que tiene sus propias estructuras de una comunicación pública orientada al entendimiento. El paradigma de la política en el sentido de una práctica de la autodeterminación ciudadana no es el mercado sino el diálogo: “una concepción dialógica entiende la política como un proceso de razón y no exclusivamente de voluntad; de persuasión y no exclusivamente de poder; dirigido hacia la consecución de un acuerdo relativo a una forma buena o justa, o por lo menos aceptable, de ordenar aquellos aspectos de la vida que se refiere a las relaciones sociales de las personas y a la naturaleza social de las personas”. Desde este punto de vista, entre el poder comunicativo que, en forma de opiniones mayoritarias discursivamente formadas, surge de la comunicación política, y el poder administrativo, del que dispone el aparato estatal, se da una diferencia estructural. También los partidos, que luchan por acceder a las posiciones estatales de poder, se ven en cierto modo en la necesidad de someterse al estilo deliberativo y al sentido específicode los discursos políticos. Precisamente por eso, la disputa de opiniones sostenida en el terreno de la política tiene fuerza legitimadora no sólo en el sentido de una autorización para pasar a la lucha por posiciones de poder, sino que ese discurso político, que se desarrolla sin solución de continuidad, tiene también la capacidad de ligar la forma de ejercer el dominio político. El poder administrativo sólo puede emplearse sobre la base de las políticas, y dentro de los límites de las leyes que surgen del proceso democrático.

II
Hasta aquí la comparación entre los dos modelos de democracia de hoy, sobre todo en Estados Unidos, domina la discusión entre los llamados “comunitaristas” y los llamados “liberales”. El modelo republicano tiene ventajas y desventajas. La ventaja la veo en que se atiene al sentido demócrata-radical de un autoorganización de la sociedad mediante ciudadanos unidos comunicativamente, y no sólo hace derivar los fines colectivos de un “deal” entre intereses privados contrapuestos. La desventaja la veo en que es demasiado idealista y en que hace depender el proceso democrático de las virtudes de ciudadanos orientados al bien común. Pero la política no se compone sólo, y ni siquiera primariamente, de cuestiones relativas a la autocomprensión ética de los grupos sociales. El error consiste en un estrechamiento ético de los discursos políticos.

a) Ciertamente los discursos de autoentendimiento, en los que quienes participan en ellos tratan de aclararse acerca de cómo entenderse a sí mismos como miembros de una determinada nación, como miembros de un municipio o de un Estado, como habitantes de una determinada región, etcétera, acerca de qué tradiciones proseguir, de cómo tratarse mutuamente, de cómo tratar a la minorías y a los grupos marginales, acerca de en qué tipo de sociedad quieren vivir, constituyen una parte muy importante de la política. Pero en situaciones de pluralismo cultural y social, tras las metas políticamente relevantes se esconden a menudo intereses y orientaciones valorativas que de ningún modo pueden considerarse constitutivos de la identidad de la comunidad en conjunto, es decir, del conjunto de una forma de vida intersubjetivamente compartida. Estos intereses y orientaciones valorativas que entran en conflicto, sin perspectivas de alcanzar un consenso, han menester de un equilibrio o compromiso que no puede alcanzarse mediante discursos éticos, aun cuando los resultados se sujetasen a la reserva de no transgredir valores básicos de una cultura sobre los que hay consenso.

Esta ponderación y equilibrio de intereses se efectúa en forma de compromisos entre partidos que se apoyan en potenciales de poder y en potenciales de sanción. Las negociaciones de este tipo presuponen, ciertamente, disponibilidad a la cooperación, es decir, la voluntad de, respetando las reglas de juego, llegar a resultados que puedan ser aceptados por todas las partes, aunque sea por razones distintas. Pero la obtención de compromisos no se efectúa en forma de un discurso racional que neutralice el poder y excluya la acción estratégica. Ello no obstante, la “fairness” de los compromisos se mide por condiciones y procedimientos que, por su parte, han menester de una justificación racional (normativa) desde el punto de vista de si son justas o no. A diferencia de las cuestiones éticas, las cuestiones de justicia no están referidas de por sí a un determinado colectivo, pues, para ser legítimo, el derecho políticamente establecido tiene al menos que guardar conformidad con principios morales que pretenden validez general por encima de una comunidad jurídica concreta.

El concepto de política deliberativa sólo cobra una referencia empírica cuando tenemos en cuenta la pluralidad de formas de comunicación en las que puede formarse una voluntad común, no sólo por vía de un autoentendimiento ético, sino también mediante ponderación y equilibrio de intereses y mediante compromisos, mediante elección racional de los medios con vistas a un fin, justificaciones morales y comprobaciones de que se es jurídicamente coherente. Así, esos dos tipos de política que Michelman opone en términos típico-ideales, pueden compenetrarse y complementarse de forma racional. La política dialógica y la política instrumental pueden entrelazarse en el medio que representan las deliberaciones, si están suficientemente institucionalizadas las correspondientes formas de comunicación. Por tanto, todo viene a girar en torno a las condiciones de comunicación y a los procedimientos que otorgan a la formación institucionalizada de la opinión y la voluntad política su fuerza legitimadora. El tercer modelo de democracia, que yo quisiera proponer, se apoya precisamente en las condiciones de comunicación bajo las que el proceso político puede tener a su favor la presunción de generar resultados racionales porque se efectúa en toda su extensión en el modo y estilo de la política deliberativa.

b) Si convertimos el concepto procedimental de política deliberativa en el núcleo normativo de una teoría de la democracia, resultan diferencias tanto respecto de la concepción republicana del Estado como una comunidad ética, como respecto de la concepción liberal del Estado como protector de una sociedad centrada en la economía. En la comparación de los tres modelos, parte de la dimensión de la política que nos ha ocupado hasta ahora, a saber: del proceso de formación democrática de la opinión y la voluntad común, que se traduce en elecciones generales y en resoluciones parlamentarias. Conforme a la concepción liberal, ese proceso tiene lugar en forma de compromisos entre intereses. Conforme a la concepción republicana, en cambio, la formación democrática de la voluntad común se efectúa en forma de una autocomprensión ética; conforme a este modelo, la deliberación, en lo que a su contenido se refiere, puede apoyarse en un consenso de fondo entre los ciudadanos que se basa en la común pertenencia a una misma cultura y que se renueva en los rituales en que se hace memoria de algo así como de un acto de fundación republicana. La teoría del discurso toma elementos de ambas partes y los integra en el concepto de una procedimiento ideal para la delibaración y la toma de resoluciones. Este procedimiento democrático establece una interna conexión entre negociaciones, discurso de autoentendimiento discursos relativos a cuestiones de justicia, y sirve de base a la presunción de que bajo tales condiciones se obtienen resultados racionales o “fair”. Con ello, la razón práctica efectúa, por así decir, una operación de repliegue desde la idea de derechos universales del hombre (liberalismo) o desde la eticidad concreta de una determinada comunidad (comunitarismo) para quedar situada ahora en aquellas reglas de discurso y formas de argumentación que toman su contenido normativo de la base de validez de la acción orientada al entendimiento y, por tanto, en última instancia, de la propia estructura de la comunicación lingüística.

Con estas descripciones estructurales del proceso democrático quedan dispuestos los hitos para una conceptuación normativa del Estado y la Sociedad. Se supone simplemente una administración pública del tipo de la que se formó a principios del mundo moderno con el sistema de Estados europeos y se desarrolló mediante entrelazamiento funcional con la economía capitalista. Según la concepción republicana, la formación de la opinión y la voluntad políticas de los ciudadanos constituye el medio a través del cual se organiza la sociedad como un todo estructurado políticamente. La sociedad se centra en el Estado, pues en la práctica de la autodeterminación política de los ciudadanos, la comunidad se torna consciente de sí como totalidad y, a través de la voluntad colectiva de los ciudadanos, opera sobre sí misma. La democracia es sinónimo de autoorganización política de la sociedad. Resultado de ello es una comprensión de la política polémicamente dirigida contra el aparato estatal. En los escritos políticos de Hannah Arendt puede verse bien la dirección de choque de la argumentación republicana contra el privatismo ciudadano de una población despolitizada, y contra la creación de legitimación por parte de unos partidos emigrados al aparato estatal. Habría que revitalizar la esfera de la opinión pública política hasta el punto de que unos ciudadanos regenerados en su papel de tales pudiesen (de nuevo) apropiarse, en forma de una autoadministración descentralizada, del poder del Estado burocráticamente automatizado.

Según la concepción liberal, esta separación del aparato estatal respecto de la sociedad no puede eliminarse, sino que a lo sumo puede quedar medida por el proceso democrático. Las débiles connotaciones normativas que comporta la idea de un equilibrio de poder e intereses necesitan en todo caso del complemento que representa el Estado de Derecho. La formación democrática de la voluntad común de ciudadanos atentos sólo a su propio interés, que el modelo liberal entiende en términos minimalistas, sólo puede ser un elemento dentro de una constitución que ha de disciplinar al poder Estado mediante dispositivos de tipo normativos (cuales son los derechos fundamentales, la división de poderes y la vinculación de la administración a la ley) y que a través de la competencia entre partidos políticos, por un lado, y entre el gobierno y la oposición, por otro, ha de moverlo a tener adecuadamente en cuenta los intereses sociales y las orientaciones valorativas de la sociedad. Esta comprensión de la política, centrada en el Estado, puede renunciar a un supuesto poco realista, a saber: el de que los ciudadanos en conjunto son capaces de acción colectiva. No se orienta por el input de una formación racional de la voluntad política, sino por el output de un éxito en el balance de rendimientos de la actividad estatal. La dirección de choque de la argumentación liberal tiene como blanco el potencial perturbador de un poder del Estado que puede estorbar y desarticular el tráfico social autónomo de las personas privadas. El eje del modelo liberal no es la autodeterminación democrática de ciudadanos deliberantes, sino la normación (en términos de Estado de derecho) de una sociedad centrada en la economía, que a través de la satisfacción de las expectativas de felicidad (siempre de carácter privado) de ciudadanos activos habría de garantizar un bien común entendido en términos apolíticos.

La teoría del discurso, que asocia al proceso democrático connotaciones normativas más fuertes que el modelo liberal, pero más débiles que el modelo republicano, toma de ambas partes elementos y los articula de una forma distinta y nueva. Coincidiendo con el modelo republicano, concede un puesto central al proceso político de la formación de la opinión y de la voluntad común, pero sin entender como algo secundario la estructuración en términos de Estado de derecho; más bien, entiende los derechos fundamentales y los principios del Estado de derecho como una respuesta consecuente con la cuestión de cómo pueden implementarse los exigentes presupuestos comunicativos del procedimiento democrático. La teoría del discurso no hace depender la realización de una política deliberativa de una ciudadanía colectivamente capaz de acción, sino de la institucionalización de los procedimientos correspondientes. Ya no opera con el concepto de un todo social centrado en el Estado, que pudiésemos representárnoslo como un sujeto en gran formato capaz de actuar orientándose a un fin. Tampoco localiza a ese todo en un sistema de normas constitucionales que regulen de forma inconsciente y más o menos automática el equilibrio de poder y el compromiso de intereses conforme al modelo del tráfico mercantil. Se despide sin más de las figuras de pensamiento de la filosofía de la conciencia que, en cierto modo, invitan a atribuir la práctica de la autodeterminación de los ciudadanos, es decir, la práctica autónoma de los ciudadanos, a un sujeto social global o a referir el imperio anónimo de las leyes a sujetos particulares que compiten entre sí. En el primer caso, la ciudadanía, es decir, el conjunto de ciudadanos, es considerado como un actor colectivo, en el que el todo tiene su lugar de reflexión y que actúa por ese todo o representando a ese todo; en el otro, los actores particulares actúan como variables independientes en el proceso de poder, los cuales discurren de forma ciega, porque allende los actos de elección individual no puede haber decisiones colectivas tomadas de forma consciente, a no ser en un sentido simplemente metafórico. La teoría del discurso, por el contrario, cuenta con la intersubjetividad de orden superior que representan procesos de entendimiento que se efectúan en la forma institucionalizada de deliberaciones en las corporaciones parlamentarias o en la red de comunicación de los espacios públicos políticos. Estas comunicaciones exentas de sujeto, o que no cabe atribuir a ningún sujeto global, constituyen campos en los que puede tener lugar una formación más o menos racional de la opinión y la voluntad acerca de temas relevantes para la sociedad global y de materias necesitadas de regulación. La formación informal de la opinión desemboca en decisiones electorales institucionalizadas y en resoluciones legislativas por las que el poder generado comuncativamente se transforma en un poder empleable en términos administrativos. Al igual que en el modelo liberal, también en la teoría del discurso se respetan los límites entre el Estado y la sociedad; pero aquí la sociedad civil, en tanto que base social de espacios públicos autónomos, se distingue tanto del sistema de acción económica como de la administración pública. Y de esta comprensión de la democracia se sigue normativamente la exigencia de un desplazamiento del centro de gravedad en la relación entre los recursos que representan el dinero, el poder administrativo y la solidaridad, a los que las sociedades modernas recurren para satisfacer su necesidad de integración y de regulación. Las implicaciones normativas saltan a la vista: la fuerza de integración social que tiene la solidaridad, que ya no cabe extraer sólo de las fuentes de la acción comunicativa, habrían de poder desarrollarse a lo largo y ancho de espacios públicos autónomos ampliamente diversificados y de procedimientos de formación democrática de la opinión y la voluntad política, institucionalizados en términos de Estado de derecho, y habría de poder afirmarse también frente y contra los otros dos poderes, es decir, frente al dinero y al poder administrativo.

(Traducido por Manuel Jiménez Redondo, de la Universidad de Valencia)